Washington busca estabilidad para saquear el Medio Oriente

Por Seth Galinsky
17 de agosto de 2026
Portaviones USS George H.W. Bush es parte de la acumulación militar de Washington en el Medio Oriente para establecer su control sobre los recursos y mercados de la región.Nimitz-class aircraft carrier USS George H.W. Bush is part of Washington’s war buildup in Middle East as U.S. rulers seek to establish profitable control over region’s resources, markets.
U.S. Navy photoPortaviones USS George H.W. Bush es parte de la acumulación militar de Washington en el Medio Oriente para establecer su control sobre los recursos y mercados de la región.

Tras 13 noches consecutivas de ataques aéreos contra Irán, el presidente Donald Trump ordenó una pausa el 24 de julio, justo después de enviar más unidades de fuerzas especiales, buques y aviones de guerra a la región y después de amenazar con lanzar “un ataque masivo, el mayor de todos los que hemos visto hasta ahora”. Dijo que la pausa tenía como fin abrir paso al diálogo con Teherán.

Las amenazas imperialistas de Washington no son meras bravuconadas. Con las defensas aéreas iraníes prácticamente destruidas, las fuerzas estadounidenses pueden atacar casi cualquier punto de Irán a su antojo.

Desde mediados de julio, el número de efectivos estadounidenses en la región es de más de 50 mil, una cifra similar a la alcanzada durante el punto álgido de la guerra de Washington de 38 días, antes del alto el fuego iniciado el 7 de abril, que ha sido frecuentemente violado desde entonces.

Washington espera poder obligar a Teherán a ceder a sus demandas con amenazas de ataques militares más contundentes, y con la reimposición del bloqueo a los puertos iraníes y las sanciones financieras, las cuales han intensificado la crisis económica capitalista que azota a la clase trabajadora del país.

Si bien las reservas de “armas de precisión” han bajado más de lo que el Pentágono preferiría —especialmente las armas antimisiles Patriot y THAAD— Peter Hegseth, secretario de guerra, se jacta de que el ejército estadounidense cuenta con “un arsenal prácticamente ilimitado” de sus bombas de gravedad de precisión guiadas por láser, menos sofisticadas, pero igualmente letales.

Durante los 13 días de bombardeos, Teherán contraatacó, demostrando su capacidad de evadir las defensas antimisiles estadounidenses y atacando nueve de sus bases en la región. También atacó una planta desalinizadora y una instalación petrolera en Kuwait. Si bien no son insignificantes, los ataques de Teherán palidecen en comparación con los mil ataques aéreos estadounidenses contra instalaciones militares e infraestructura civil durante el mismo período.

EE.UU. busca acuerdo con Teherán

Washington no quiere destruir a Irán o a su gobierno. Busca un grado de cooperación con el fraccionado régimen reaccionario de Teherán para lograr cierta estabilidad que le permita a los gobernantes estadounidenses consolidar su dominio en el Medio Oriente, profundizar el saqueo del petróleo, el gas y otros recursos de la región, y contrarrestar la competencia de sus rivales, especialmente Beijing.

Autoridades israelíes han señalado que Teherán ha estado construyendo una nueva instalación nuclear subterránea en la Pickaxe Mountain y que ha almacenado miles de centrifugadoras capaces de enriquecer uranio hasta niveles aptos para armas nucleares. Todavía posee más de mil misiles balísticos y ha logrado reiniciar su producción. Teherán afirma haber triplicado también su producción de drones.

Para Israel, estas son cuestiones de vida o muerte. Israel tiene apenas 420 kilómetros de largo y 16 kilómetros de ancho en su punto más angosto, y 113 kilómetros en el más ancho. Los gobernantes iraníes reiteran su determinación de hacer desaparecer a Israel. Con casi la mitad de la población judía mundial viviendo allí, junto a ciudadanos árabes israelíes, una sola bomba nuclear iraní podría provocar un nuevo Holocausto.

Para EE.UU. Israel es un obstáculo

Esto le preocupa poco a los gobernantes norteamericanos. Consideran que la guerra de Israel para defenderse como refugio para los judíos es un obstáculo para que Washington llegue a un acuerdo con Teherán y profundizar sus relaciones con otros gobiernos de la región, desde Turquía hasta Siria y más allá.

Por eso, la administración Trump le prohibió a Israel realizar nuevos ataques contra Irán. En vísperas de la visita de Netanyahu a Estados Unidos el 28 de julio, Trump reprendió públicamente al primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, diciendo que Netanyahu estaba intentando influir en Estados Unidos mediante declaraciones públicas sobre los peligros de Pickaxe Mountain y los programas de misiles de Teherán.

“No necesito que Bibi me lo diga”, se quejó Trump. “Sabemos perfectamente lo que está pasando”.

El conflicto entre Washington y Teherán amenaza con extenderse más allá del Golfo Pérsico y escapar al control de Washington. Volodímir Zelenski, presidente de Ucrania, anunció el 25 de julio que las fuerzas ucranianas lanzaron ataques con drones contra un convoy de buques de guerra rusos que escoltaban una embarcación iraní que transportaba equipo militar en el mar Caspio. Teherán amenazó con tomar represalias contra Ucrania.

Teherán ha proporcionado miles de drones a Moscú desde que comenzó su invasión de Ucrania. Moscú también ayudó a Teherán con los datos de vigilancia de satelites que necesitaba para atacar bases estadounidenses.

EE.UU. aumenta producción bélica

El ejército estadounidense ha utilizado por lo menos 1,500 interceptores Patriot contra misiles y drones iraníes desde el inicio de la guerra. Se ha quedado con menos de mil, según el Wall Street Journal.

El problema, teme el Journal, es que esta menor cantidad “podría obstaculizar la capacidad de Estados Unidos para disuadir a sus adversarios en todo el mundo, incluida China”.

Washington busca debilitar la influencia de los gobernantes chinos a nivel mundial, especialmente en América Latina, y reforzar su dominio sobre el orden imperialista mundial. Con ese fin, está reconstruyendo sus fuerzas armadas e industrias militares.

El Pentágono ha destinado miles de millones de dólares a empresas como Lockheed Martin, Northrop Grumman y Raytheon para reabastecer y acelerar en pie de guerra la producción de los sistemas de misiles antibalísticos Patriot y THAAD, así como de los misiles de precisión.