Este mes se conmemora el 80 aniversario de la masacre atómica perpetrada por los gobernantes norteamericanos en Hiroshima y Nagasaki, en Japón, el 6 y el 9 de agosto de 1945, que mató a más de 200 mil hombres, mujeres y niños al final de la Segunda Guerra Mundial. Decenas de miles más murieron posteriormente de envenenamiento por radiación y cáncer. Es un sombrío recordatorio de lo que los gobernantes imperialistas de Washington pueden y volverán a hacer. Y también lo harán sus rivales.
Cerca de 85 millones de vidas de trabajadores fueron sacrificadas durante la guerra, mientras las clases dominantes más ricas y poderosas luchaban por ser los vencedores en su nueva repartija del planeta.
“La guerra es el resultado final de la incesante búsqueda de ganancias, mercados, colonias y esferas de influencia de los capitalistas”, explicó una declaración del Comité Nacional del Partido Socialista de los Trabajadores (PST) de 1945, días después del bombardeo de Hiroshima y Nagasaki por parte de Washington. “Es una mentira que la guerra se puede evitar mediante tratados y acuerdos entre los bandidos imperialistas”.
En los años previos a la Segunda Guerra Mundial, el PST hizo campaña para que los sindicatos tomaran el liderazgo en explicar qué es lo que estaba en juego para los trabajadores en oponerse a la intervención de Estados Unidos en el conflicto. Por esa iniciativa, 18 líderes del partido y del sindicato de camioneros Teamsters del Medio Oeste fueron encarcelados.
Durante la guerra, el régimen nazi en Alemania llevó a cabo el Holocausto contra millones de judíos, mientras los gobernantes capitalistas de Estados Unidos, el Reino Unido y otros países cerraban las puertas a los refugiados judíos que intentaban huir. Se negaron a bombardear las vías férreas que llegaban a los campos de exterminio, lo que podría haber salvado vidas de decenas de miles de judíos y otras personas. En cambio, utilizaron todas las armas a su alcance para aniquilar a sus rivales sin importarles para nada la suerte de los civiles.
Londres y Washington atacaron sistemáticamente a la población civil de Alemania y Japón con bombas incendiarias.
El 24 de julio de 1943, fuerzas aéreas británicas y estadounidenses lanzaron la Operación Gomorra, una campaña de 10 días para destruir la ciudad de Hamburgo, en Alemania, hogar de más de 600 mil personas. Oleadas de bombas y artefactos incendiarios crearon una tormenta de fuego que succionó el aire y el oxígeno, generando vientos de entre 193 y 274 kilómetros por hora, y un calor que derritió el vidrio y convirtió los ladrillos en cenizas. Murieron unas 40 mil personas.
Dresden fue atacada el 13 de febrero de 1945. “Los zapatos de la gente se fundían con el asfalto caliente de la calle, y el fuego se propagó tan rápido que muchos quedaron reducidos a átomos antes de tener tiempo de quitarse los zapatos”, escribió el historiador norteamericano Donald Miller. Murieron unas 35 mil personas.
El 9 de marzo de 1945 en Japón las bombas y artefactos incendiarios lanzados por Washington contra Tokio liquidaron a por lo menos 80 mil personas. Casi 41 kilómetros cuadrados de Tokio quedaron destruidos y un millón de personas perdieron su hogar. Los japoneses posteriormente la denominaron “Noche de la Nieve Negra.”
Ataques contra civiles en la guerra
Los bombardeos de Washington contra objetivos industriales, militares y civiles continuaron en todo Japón hasta el final de la guerra. Un oficial bajo el general Henry Arnold, comandante de las Fuerzas Aéreas del Ejército de Estados Unidos, atestiguó posteriormente: “Tenía mucho sentido matar a trabajadores especializados quemando zonas enteras”.
El 6 de agosto, aviones de Washington lanzaron “Little Boy” (“Niño pequeño”), una bomba atómica de uranio sobre Hiroshima. Mató a 140 mil personas y destruyó el 70% de los edificios de la ciudad. Tres días después, “Fat Man” (“Hombre gordo”), una bomba de plutonio un poco más grande, fue lanzada contra Nagasaki matando a 74 mil civiles.
“El capitalismo, en su agonía mortal, está arrastrando a la humanidad al abismo”, declaró James P. Cannon, secretario nacional del PST, en un discurso poco después del lanzamiento de las bombas atómicas. El imperialismo estadounidense se ha “ganado el miedo y el odio del mundo entero”.
Hoy, el creciente número de gobiernos capitalistas que poseen armas nucleares y la intensificación de los conflictos entre ellos hacen inevitable que estas armas sean utilizadas de nuevo para diezmar a la humanidad si no se detiene a los gobernantes. Al igual que durante los preparativos para la Segunda Guerra Mundial, las potencias capitalistas se están rearmando, los conflictos comerciales están creciendo y la violencia antijudía está siendo adoptada por fuerzas reaccionarias en todo el mundo.
“¡No hay paz!”, era el titular del número del 18 de agosto de 1945 del Militante al final de la guerra. Durante los últimos 80 años, los trabajadores de todo el mundo han vivido con esta realidad de la época imperialista.
Solo cuando la clase trabajadora tome el poder en Estados Unidos y en un número creciente de otros países del mundo, podremos detener esta carnicería.
