MINNEAPOLIS — Las recientes protestas y otros acontecimientos ocurridos en Minneapolis durante la última semana muestran, por un lado el potencial para construir un movimiento poderoso, disciplinado y con liderazgo sindical para luchar y obtener amnistía para los trabajadores indocumentados, y por otro las mortales consecuencias de las tácticas de extrema izquierda empleadas en respuesta a las agresiones y brutalidad de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE).
Miles de personas marcharon en el centro de Minneapolis el 23 de enero, a pesar de las temperaturas gélidas, en protesta contra los continuos ataques de ICE a los trabajadores con o sin documentos, y sus familias. Esto reflejó la determinación de muchos trabajadores de defender a los inmigrantes: sus compañeros de trabajo, vecinos, compañeros sindicalistas, miembros de sus iglesias y más. La Junta Ejecutiva de la AFL-CIO de Minnesota respaldó la acción e instó a sus miembros a participar. Muchos lo hicieron.
El papel del sindicato en la marcha garantizó su carácter disciplinado y pacífico.
En contraste, un día después, agentes de la Patrulla Fronteriza estadounidense fueron rodeados y confrontados por unas 50 personas que los provocaban haciendo sonar silbatos, gritando y filmándolos. Alex Pretti, enfermero y ciudadano estadounidense, que formaba parte de la provocación, fue asesinado a tiros por agentes federales.
Los medios liberales pintan a Pretti como un santo, mientras que los funcionarios de Trump inmediatamente lo etiquetaron como “terrorista doméstico” y lo acusaron de estar allí para “masacrar a las fuerzas del orden”. Ambas partes impiden que la clase trabajadora extraiga las lecciones necesarias para articular una respuesta efectiva. En primer lugar, Pretti no estaba en una protesta, sino en un enfrentamiento organizado para interferir en la acción de los agentes de la Patrulla Fronteriza.
Mucho se ha hablado del derecho constitucional conferido a Pretti por la Segunda Enmienda, a llevar un arma a una protesta. Pero los líderes experimentados y conscientes de la clase trabajadora hacen todo lo posible por evitar dar al estado capitalista y sus agencias una excusa para victimizar a los participantes en la lucha. Hay un ejemplo perfecto del que los trabajadores podrían aprender: el de las luchas de los Teamsters en los años 30, cuando la dirección del sindicato les quitó las armas a los sindicalistas que iban a enfrentar a la policía.

Estos frecuentes enfrentamientos, como también las vigilias pacíficas en memoriales improvisados, están ocurriendo en barrios de toda la zona metropolitana de Minneapolis y Saint Paul.
El mismo día en que ocurrió el tiroteo, la Guardia Nacional de Minnesota fue activada y ahora está desplegada en las calles.
A la noche siguiente, turbas de antifa —con presencia en la zona desde las violentas acciones que acabaron destruyendo el movimiento de protesta tras la muerte de George Floyd en 2020— destrozaron los ventanales de un hotel donde supuestamente se alojan agentes de ICE, pintaron grafitis con la inscripción “Que se joda ICE” en las paredes. Esto atenta contra los esfuerzos por construir el tipo de movimiento de masas que se necesita.
Los arrestos y la brutalidad de ICE constituyen un ataque a los derechos de los trabajadores, tanto documentados como indocumentados. Pero cómo los trabajadores y nuestros sindicatos podemos avanzar es algo que necesita ser ampliamente debatido.
La acción del 23 de enero recibió el apoyo del sindicato de mecanometalúrgicos IAM, que llamó a sus miembros a respaldar la acción.
La AFL-CIO del estado denunció “la detención inconstitucional de innumerables inocentes habitantes de Minnesota, incluyendo un número significativo de miembros de sindicatos”.
Los organizadores de la protesta habían instado a los trabajadores a no ir al trabajo el 23 de enero, y a los propietarios de comercios a cerrar sus negocios. Cientos de tiendas, museos y locales de ocio cerraron sus puertas. Varios restaurantes permanecieron abiertos, ofreciendo comida y chocolate caliente gratis.
