Después de más de un año de disputas y posturas sesgadas sobre si el Congreso debería publicar sus voluminosos archivos sobre Jeffrey Epstein, el 30 de enero se decidió verter en línea 3 millones de documentos sobre Epstein, sus negocios, su comportamiento con las mujeres y sus asociados políticos.
Epstein era un exitoso asesor financiero de inversores capitalistas. En 2008, tras un acuerdo con la fiscalía fue encarcelado acusado de solicitar actos de prostitución de una menor. En el acuerdo, recibió inmunidad de muchos otros cargos para él y cuatro de sus cómplices.
Tras su liberación, Epstein enfrentó una serie de acusaciones adicionales, y los fiscales no cumplieron, alegando que ya no estaban obligados a acatar el acuerdo. En 2019 fue arrestado por tráfico sexual y se suicidó en prisión antes de ir a juicio. Ghislaine Maxwell, su socia de muchos años, se encuentra actualmente en prisión, tras ser juzgada y condenada por tráfico sexual en 2021.
Desde entonces, el Departamento de Justicia, tanto bajo los presidentes Joseph Biden como Donald Trump, decidió no presentar más cargos contra ninguna otra persona que apareciera en los archivos.
Entonces, ¿por qué están ahora publicando los archivos, provocando especulación sobre posibles trapos sucios de los ricos y famosos? ¿Representa esto realmente un esfuerzo por promover los derechos de la mujer o un despliegue de transparencia gubernamental?
Los dos partidos principales de los capitalistas —demócratas y republicanos— están utilizando la publicación de los archivos para dañarse mutuamente y difamar a los líderes del partido opuesto. Los demócratas esperan encontrar algo de qué culpar a Trump, mientras que los republicanos persiguen a Bill y Hillary Clinton. Las adineradas personas mencionadas en los archivos están siendo humilladas públicamente, y algunas obligadas a renunciar a sus empleos, simplemente por haber conocido a Epstein o por negarse a alejarse de él.
“¡Se les acabó el tiempo!” a “los amigos y socios influyentes de Epstein”, dijo el 6 de febrero Kim Villanueva, la presidenta de la Organización Nacional de la Mujer, en uno de los muchos llamados para expulsar de la vida pública a personas que conocían a Epstein.
Existe una “clase Epstein”, dijo el congresista Ro Khanna, el 10 de febrero. Reveló la identidad de seis personas adineradas cuyos nombres habían sido suprimidos en los archivos, alegando que podrían ser “co-conspiradores” y que “probablemente están incriminadas”. ¿Incriminadas de qué? Khanna no especifica. Pero exige, sin embargo, una investigación inmediata.
A pesar de no haber ninguna prueba de que Bill o Hillary Clinton estuvieran involucrados en tráfico sexual, ambos fueron obligados a testificar en audiencias del Congreso, mientras que fotos del expresidente en una piscina con Maxwell inundaban la prensa. Hillary Clinton dijo en su testimonio que nunca conoció a Epstein, y nadie ha dicho lo contrario.
Quizás los comentarios más escandalosos provienen de Ilhan Omar, la congresista demócrata, que difamó a Trump como “el líder del Partido de Protección de Pedófilos”. Ella afirma que Trump desplegó a la policía de inmigración contra somalíes en Minnesota para tratar de “desviar la atención de que su nombre aparece por todos lados en los archivos de Epstein”.
“Al menos en Somalia los pedófilos son ejecutados, no elegidos”, añadió.
Un ejemplo de esta histeria desenfrenada es el llamado a la dimisión de Casey Wasserman, presidente del Comité Olímpico de Los Angeles 2028. Su “delito” fue enviar correos electrónicos insinuantes a Maxwell en 2003, años antes de que la acusaran de tráfico sexual o que los delitos de Epstein se hicieran públicos.
Lawrence Summers, exsecretario del Tesoro, no enfrenta cargos penales pero renunció en Harvard después de que la senadora Elizabeth Warren y otros usaran el hecho de que en los archivos habían fotos de él para exigir su destitución. El “delito” de Summers fue continuar su correspondencia con Epstein después que el inversionista fuera condenado en 2008.
Muchos de los implicados en el escándalo son políticos capitalistas y empresarios millonarios. No se les acusa de ningún delito que supuestamente hayan cometido sino simplemente de su asociación con Epstein. Se está pisoteando la presunción de inocencia y el derecho al debido proceso.
Como muchos otros empresarios millonarios, Epstein usó su fortuna y sus conexiones para enriquecerse aún más y obtener favores políticos. Pero la publicación de los archivos no busca exponer los abusos de poder tanto de demócratas como de republicanos bajo el régimen capitalista. O garantizar que la gente que afirma haber sido agredida sexualmente pueda llevar su caso ante tribunales.
Teorías de conspiraciones
Más bien, las difamaciones sensacionalistas pretenden lograr que los trabajadores se alineen con un ala de la política capitalista en base a insinuaciones sobre la otra. Alimenta las interminables acusaciones sesgadas de “encubrimiento” y promueve una explicación de la política como obra de conspiraciones de fuerzas misteriosas y todopoderosas.
Una de las “teorías” afirma que Epstein procuraba niñas como esclavas sexuales para la llamada élite global para luego chantajearlos, incluyendo a varios expresidentes de Estados Unidos. Otra alega, sin presentar pruebas, que Epstein trabajaba para Mossad, la agencia de espionaje israelí, atizando las tan familiares ideas reaccionarias de que formaba parte de una conspiración judía internacional que busca dominar el mundo.
Las teorías conspirativas se apoyan en el rechazo de toda noción del funcionamiento de la sociedad explicado en base a los intereses de clase que están en juego. Rechazan, sobre todo, que los trabajadores somos capaces de organizarnos para luchar por transformar nuestra condición social. La publicación de los archivos también sienta precedentes peligrosos para la divulgación de documentos en casos amañados dirigidos contra sindicalistas, comunistas y opositores a las guerras de Washington.
Los peligros para la clase trabajadora de la propagación de escándalos en el capitalismo se explican claramente en el artículo “La marcha del imperialismo hacia el fascismo y la guerra”, de Jack Barnes, secretario nacional del Partido Socialista de los Trabajadores, en la Nueva Internacional número 4.
“La mayor vulnerabilidad actual a los escándalos”, escribe Barnes, “refleja la inestabilidad del orden imperialista mundial y la creciente pérdida de confianza en este sistema y en sus dirigentes, expresada tanto por los beneficiados del sistema como por millones de otras personas”.
“El propósito de las campañas sensacionalistas”, escribe Barnes, “es de atizar y aprovecharse del pánico de la clase media, y arrastrar a los trabajadores… hacia el foso del resentimiento y de la envidia salaz”. Barnes describe esto acertadamente como la “pornograficación de la política”.
“Lo que necesita la clase obrera no son revelaciones sobre los políticos burgueses”, dice Barnes. “Lo que necesitamos es ser capaces de explicar políticamente que la clase trabajadora no tiene interés en común con la clase que representan esos políticos burgueses”.
Por esta senda los trabajadores podemos dar pasos para construir nuestro propio partido. Esta vía, no la fascinación con acusaciones sobre el comportamiento disoluto y corrupto de los capitalistas y sus políticos, es el camino para que los trabajadores desarrollemos confianza en nuestras propias capacidades e impulsemos la lucha por la emancipación de nuestra clase.