Washington ha desplegado una enorme fuerza militar en el Medio Oriente con la misión de imponer un bloqueo a buques con origen o destino a puertos iraníes, para impulsar los intereses de los gobernantes norteamericanos. Su objetivo es obligar a Teherán a aceptar las demandas de Washington de reabrir el Estrecho de Ormuz y limitar su programa nuclear. Desde el 18 de abril, las operaciones estadounidenses han obligado a 58 buques a dar marcha atrás y han disparado contra cuatro que ignoraron sus advertencias, dejándolos inoperativos.
La prensa burguesa de todas las tendencias políticas presenta los 40 días de intensos bombardeos contra Irán como una guerra conjunta entre Estados Unidos e Israel.
Esto no es cierto. Son dos guerras marcadamente diferentes.
La guerra militar y económica de los gobernantes norteamericanos tiene como objetivo extender su dominación imperialista y el saqueo del Medio Oriente. Quieren forzar un “acuerdo” con un sector del régimen en Irán, que promueva los objetivos de Washington a expensas de sus rivales, especialmente Beijing.
Israel está librando una guerra defensiva para impedir que Teherán y sus aliados lancen nuevos pogromos con el fin de eliminar a los judíos de Israel, que representan casi la mitad de los judíos del mundo. Lo que constituiría un nuevo Holocausto. La protección de Israel requiere que se ponga fin a los intentos de Teherán de adquirir armas nucleares y misiles balísticos.
Washington tiene más de 50 mil efectivos en la región, incluidos miles de paracaidistas y otras fuerzas de combate, dos portaviones y sus respectivos grupos de ataque.
Son los trabajadores y las nacionalidades oprimidas de Irán quienes están sufriendo las peores consecuencias de la guerra. Los precios de los productos de primera necesidad se han disparado. Más de un millón de personas han perdido sus empleos. Si el bloqueo continúa, Teherán tendrá que cerrar los pozos de petróleo, lo que tendría consecuencias aún más devastadoras para los trabajadores.
Desde que consolidaron una contrarrevolución en 1983 contra el masivo levantamiento popular iraní de 1979 que derrocó al sha, quien contaba con el respaldo de Washington, los gobernantes reaccionarios de Irán han utilizado su poder estatal para impulsar su meta de destruir a Israel, un elemento clave para extender su influencia reaccionaria por toda la región.
El ayatolá Ruhollah Jomeini, el primer líder supremo que tuvo Irán, calificó a Israel de “estado usurpador” y “nuestro enemigo”. Su sucesor, Alí Jamenei, calificó reiteradamente a Israel de “tumor canceroso” que debe ser extirpado.
Teherán y aliados: Destruir a Israel
Teherán conformó su llamado “eje de la resistencia” —Hezbolá en Líbano, Hamás en Gaza, los hutíes en Yemen y milicias armadas en Iraq— para rodear a Israel.
La bandera de los hutíes reza: “Dios es grande, muerte a Estados Unidos, muerte a Israel, malditos sean los judíos, victoria al Islam”. El documento fundacional de Hamás dice que Israel debe ser “aniquilado”.
La “carta abierta” de 1985, que sirve como el programa de Hezbolá, dice que “el judío” es el mayor enemigo al que se enfrentan los musulmanes.
Estas no son solo palabras.
Sin el financiamiento, entrenamiento y armas de Teherán, Hamás no habría podido llevar a cabo el pogromo del 7 de octubre de 2023, la mayor masacre de judíos desde el Holocausto durante la Segunda Guerra Mundial. A pesar de los duros golpes que Israel ha asestado a Hamás, Hezbolá y Teherán desde entonces, ninguno de ellos ha renunciado a su objetivo a largo plazo.
Hamás está reafirmando su dominio dictatorial en Gaza, torturando y asesinando a sus opositores, e intenta recuperar su capacidad militar para atacar a los judíos en Israel.
Apenas unos días después del inicio de la guerra contra Irán, Hezbolá comenzó a disparar misiles y drones contra Israel. Para repeler el ataque, tropas israelíes ocuparon una amplia franja del sur de Líbano y atacaron puestos de mando y depósitos de armas de Hezbolá en el norte.
Cuando la administración del presidente Donald Trump negoció un alto el fuego inicial con Teherán, el cual comenzó el 7 de abril, el régimen iraní exigió que se detuviera la ofensiva de Israel contra Hezbolá.
Tras afirmar inicialmente que esto no formaba parte del acuerdo, Trump anunció el 17 de abril: “Israel ya no bombardeará Líbano”.
Luego añadió: “Estados Unidos les ha PROHIBIDO hacerlo”.
Si bien Israel no detuvo por completo sus operaciones militares, sí redujo su intensidad, especialmente en el norte de Líbano. La administración Trump continúa insistiendo en que Israel “actúe con moderación”.
En una entrevista transmitida el 10 de mayo en el programa “60 Minutes” de la CBS, le preguntaron al primer ministro Benjamín Netanyahu si Israel aceptaría una solicitud del presidente Trump de poner fin a su guerra contra Hezbolá.
Netanyahu respondió que Trump “entiende lo que yo digo”.
“Ellos [Hezbolá] bombardean nuestras ciudades con cohetes todo el tiempo. Bombardean nuestras comunidades”, dijo Netanyahu. “Queremos librarnos de ese peligro”. En otras palabras, la respuesta es “No”.
Durante una operación de cinco días al norte del río Litani, en Líbano, tropas de las Fuerzas de Defensa de Israel encontraron complejos subterráneos con municiones, motocicletas y vehículos todoterreno que podrían llegar rápidamente a Israel. Es la más reciente confirmación de la seria amenaza que representa Hezbolá. “Era una preparación completa para una incursión”, dijo un comandante israelí al medio de noticias Ynet. “Su intención era clara: entrar en nuestras comunidades”.
Para los gobernantes de Estados Unidos, la lucha contra los aliados de Teherán es solo una moneda de cambio. Para Israel, es una cuestión de vida o muerte.