Los ataques violentos contra los judíos en Estados Unidos y en todo el mundo están creciendo considerablemente, destruyendo las ilusiones de que Washington y otras potencias imperialistas “democráticas”, protegerán a los judíos de los abusos y ataques. Estos ataques van de la mano con la aceptación cada vez más abierta del odio antijudío por fuerzas en la política capitalista tanto de izquierda como de derecha. Esto representa un problema crucial que los trabajadores deben afrontar directamente.
Primero, debemos discutir con nuestros compañeros de trabajo por qué nuestros sindicatos deben asumir la responsabilidad de movilizarse para defender físicamente a los judíos y organizar acciones de protesta contra el odio antijudío y los ataques violentos. Corresponde a nuestra clase desenmascarar todas y cada una de las mentiras utilizadas como pretexto para los ataques antisemitas, desde los libelos de sangre hasta la afirmación de que las agresiones contra los judíos se deben a la lucha de Israel para defenderse como un imprescindible refugio frente al odio antijudío y los pogromos.
En segundo lugar, es necesario explicar desde el punto de vista de clase el origen de los ataques contra los judíos, tanto en el pasado como en la actualidad. Ninguno de los dos partidos principales de los patrones —el Demócrata y el Republicano— es capaz de aclarar esto.
El odio contra los judíos es un producto inherente de las relaciones sociales capitalistas que defienden los partidos de los patrones. Es fruto de las crisis financieras endémicas, las convulsiones sociales y las guerras intrínsecas a la época imperialista.
Desde hace más de un siglo, el capitalismo dejó de ser un ascendiente sistema progresista. Sus crecientes crisis ya han provocado dos guerras mundiales. Y hoy, una vez más, las clases dominantes nacionales se están rearmando en preparación para nuevas guerras, con el fin de repartirse el mundo de nuevo y propiciar el saqueo de recursos y la explotación de los pueblos. En el transcurso de estos sangrientos conflictos, se culpa a los judíos del abrumante peso de estas crisis que están arruinando a la clase media y a sectores de trabajadores desmoralizados. Se les utiliza como chivos expiatorios para desviar la atención de la verdadera causa del problema: la explotación de la mayoría trabajadora por las familias propietarias dominantes.
A medida que crezcan las luchas obreras en respuesta a la opresión engendrada por el capitalismo, los gobernantes recurrirán a fuerzas fascistas —organizadas bajo la bandera del odio a los judíos— para aplastar a los sindicatos y a los trabajadores combativos, en un último intento desesperado para preservar su poder. Esta es la lección del ascenso del movimiento nazi en los años 30.
El odio antijudío y los pogromos no durarán para siempre. León Trotsky —dirigente de la Revolución Bolchevique de 1917 y de la lucha por construir partidos obreros revolucionarios en todo el mundo frente a la contrarrevolución encabezada por José Stalin en Rusia— explicó esto antes de la Segunda Guerra Mundial.
“Ahora más que nunca, el destino del pueblo judío —no solo su destino político, sino también su destino físico— está indisolublemente ligado a la lucha emancipadora del proletariado internacional”, escribió Trotsky.
Mientras exista el capitalismo, habrá más pogromos, como la masacre perpetrada por Hamás en Israel el 7 de octubre de 2023. Esa matanza anunció al mundo que las reiteradas amenazas de Hamás y Teherán de llevar a cabo otro Holocausto no son mera retórica, sino un verdadero objetivo letal.
Para evitar esa perspectiva aterradora es necesario derrocar el dominio capitalista en el Medio Oriente, y, sobre todo, en Estados Unidos. Requiere llevar al poder a la única clase que no tiene ningún interés en el odio contra los judíos ni en la opresión nacional de ningún tipo: la clase trabajadora.
Es posible construir partidos obreros —con lideres templados en la lucha de clases— tanto aquí como en el resto del mundo, para liderar a millones de personas a la toma del poder y llevar a cabo revoluciones socialistas. Los trabajadores necesitan un partido que sea proletario en su programa, en su composición y en la conducta de sus miembros.
No tenemos que empezar de la nada. El Partido Socialista de los Trabajadores ya existe; ¡únase a este!