Persiste la incertidumbre sobre lo que sucederá en el Estrecho de Ormuz y en la guerra de Washington contra Irán. Esto está sucediendo en un contexto de crecientes rivalidades y alianzas cambiantes entre las potencias capitalistas de todo el mundo, cada una de las cuales vela por sus propios intereses. Los gobernantes imperialistas norteamericanos pretenden imponerse e impulsar su saqueo y dominación de la región.
Dos buques con bandera de Estados Unidos, escoltados por la armada estadounidense, salieron del Golfo Árabo-Pérsico a través del Estrecho de Ormuz el 4 de mayo. Solo unos pocos de los 1,600 buques atrapados desde el inicio de la guerra, el 28 de febrero, se han arriesgado a ser atacados por Teherán, que reivindica su “derecho” a controlar el tráfico marítimo en la zona.
Antes de la guerra, cerca del 20% del petróleo y del gas licuado del mundo —además de otros productos comerciales clave— pasaba por el estrecho.
El presidente Donald Trump dice que la guerra contra Irán —a la que denominó “Furia Épica”— ha concluido por ahora, ya que los gobernantes norteamericanos se concentran en apretar el cerco económico en torno a Teherán y en hacer cumplir su bloqueo de buques que entren o salgan de puertos iraníes. Trump amenaza con reanudar la guerra si el régimen iraní no accede a las demandas de Washington.
Los gobernantes norteamericanos están utilizando la crisis en el Medio Oriente para reforzar su influencia sobre el comercio mundial de petróleo. Buques cisterna vacíos procedentes de Europa y Asia van rumbo a puertos estadounidenses —en lugar de ir al Golfo Árabe-Pérsico— para cargar crudo y gas licuado.
El petróleo importado es clave para la economía china, a pesar de que la mayor parte de su energía proviene del carbón extraído en el país. Beijing compra cantidades similares de crudo a Irán, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos, pero debido a las sanciones de Washington, el petróleo iraní viene con un gran descuento.
Antes del conflicto con Irán, Beijing había perdido otra fuente de petróleo barato procedente de Venezuela, cuando Washington invadió el país y derrocó al presidente venezolano Nicolás Maduro. Venezuela antes exportaba cerca del 80% de su petróleo a China. Ahora la mayor parte va a Estados Unidos e India.
El Departamento del Tesoro de Estados Unidos sancionó a cinco refinerías petroleras chinas y declaró el 28 de abril que cualquier institución financiera que haga transacciones con ellas quedaría excluida del sistema financiero del dólar estadounidense. Beijing respondió que tomará medidas contra cualquier institución en China que acate las prohibiciones de Washington.
En otro giro, el gobierno de los Emiratos Árabes Unidos anunció su retirada del bloque petrolero de la OPEP. Fundada en 1960, la OPEP buscaba unir a los gobernantes árabes y de otros países con importantes reservas de petróleo para contrarrestar el dominio de Washington y de otras potencias imperialistas, ajustando la producción para mantener alto el precio del petróleo.
La decisión de los Emiratos Árabes Unidos fue “el toque de campana de apertura del nuevo orden geopolítico que la guerra con Irán está inaugurando en todo el Medio Oriente”, escribió el Wall Street Journal el 29 de abril. En realidad, la OPEP —al igual que la OTAN— ya se estaba desintegrando en medio de crecientes rivalidades. Los Emiratos Árabes Unidos y el gobierno de Arabia Saudita —“aliados” en la OPEP— han respaldado a bandos opuestos en las guerras de Yemen y Sudán. Al abandonar la OPEP, los gobernantes de los Emiratos Árabes Unidos están vinculando su futuro más estrechamente al imperialismo norteamericano, además de profundizar sus lazos con Israel.
La guerra norteamericana contra Irán también ha profundizado las divisiones entre Washington y sus “aliados” en la OTAN. El gobierno alemán se negó a respaldar la guerra norteamericana y se ha quejado de que Washington ha abandonado la OTAN.
La economía de Alemania —al igual que la de la mayor parte de Europa— depende del petróleo transportado a través del Estrecho de Ormuz.
Las tensiones se intensificaron después de que el canciller alemán Friedrich Merz dijo el 27 de abril que Washington “no tiene ninguna estrategia” y que iraníes “muy hábiles” habían “humillado” a Estados Unidos. En represalia, Trump anunció que retiraría del país a 5 mil de los 35 mil soldados estadounidenses estacionados en Alemania.
Con la fuerza aérea, las defensas aéreas, lanzacohetes y fábricas de armas de Teherán diezmados durante la guerra, la amenaza más inmediata para los judíos en Israel proviene de los bombardeos de Hezbolá en Líbano.
Las tropas israelíes han ocupado una franja del sur de Líbano de hasta 5 millas desde la frontera israelí, con el fin de impedir que Hezbolá —entrenado y armado por Teherán— lance ataques contra civiles en el norte de Israel. Allí, las tropas israelíes se enfrentan a ataques diarios con drones, cohetes y misiles antitanque.
Las autoridades israelíes saben que, sea cual sea el acuerdo al que llegue Washington con Teherán, este no tendrá por objetivo reforzar la defensa de Israel frente a los letales ataques de odio antijudío perpetrados por Teherán y sus aliados: Hezbolá, Hamás y los hutíes.