PARÍS —Se están extendiendo por toda Francia las manifestaciones de estudiantes de secundaria en huelga para exigir una educación digna. Lo que comenzó el 18 de septiembre en Creteil, y tres días después en Saint-Denis —ambos suburbios obreros de París con gran población inmigrante— se propagó rápidamente a más de 40 ciudades.
Cientos de miles de estudiantes, acompañados por sus padres, maestros, universitarios y sindicatos, salieron a las calles el 6 de octubre. Están luchando contra los efectos de un programa gubernamental de austeridad que ha recortado drásticamente el gasto en educación, dejando las aulas sobre saturadas y mal equipadas, las escuelas deterioradas y miles de puestos docentes sin cubrir. Los manifestantes exigen revertir estas condiciones, incluyendo un sistema más justo de asignación de plazas universitarias.
La preocupación de los estudiantes por su futuro, dada una tasa de desempleo juvenil del 20 por ciento, se ha unido al malestar generalizado de los trabajadores, quienes enfrentan las consecuencias de la creciente crisis capitalista. El gobierno del presidente Emmanuel Macron intenta promover los intereses de la clase capitalista gobernante frente a la competencia cada vez más intensa de sus rivales. Los acaudalados tenedores de bonos exigen recortes presupuestarios al gobierno para garantizar que se les reembolsen los préstamos que hicieron para ayudar a cubrir la enorme deuda del país.
Con la escalada de las acciones, los estudiantes levantaron barricadas en cientos de escuelas. La indignación aumentó cuando el gobierno envió a policías antidisturbios armados con porras, que usaron gases lacrimógenos y cañones de agua contra los manifestantes. La cobertura de los medios se centró en una pequeña minoría de la multitud que prendió fuego a contenedores de basura o arrojó objetos a la policía.
Kaspar, un estudiante de 15 años, relató a la BBC el miedo que sintió cuando la policía antidisturbios atacó mientras él y sus amigos protestaban pacíficamente. Explicó que cargaron contra ellos después de la aparición de unos desconocidos “solo para lanzar fuegos artificiales contra los agentes de policía” y luego salieron corriendo. “Este no es el mensaje que queremos enviar al mundo”, afirmó.
Hasta el momento, la policía ha detenido a unos 7 mil manifestantes y cientos han resultado heridos, muchos de ellos gravemente. Un joven de 15 años perdió un ojo cuando la policía le disparó a quemarropa en la cara con balas de goma. Otro adolescente perdió una mano a causa de una granada aturdidora y un tercero sufrió fractura de la mandíbula por el impacto de un envase de gas lacrimógeno.
Ante la presión, resultado de la indignación de la clase trabajadora, la policía ha suspendido temporariamente el uso de granadas aturdidoras. “Ellos tienen ejércitos, tienen a la policía, tienen el poder”, declaró Massicella, de 18 años, a la BBC en la manifestación en Lille. “Pero nosotros tenemos a la mayoría de la población”.
Entre las consignas populares en las manifestaciones, los manifestantes coreaban: “¡No hay justicia, pero sí policías!” y “¡Macron, dimisión!”.
En Saint-Denis, Zohra, de 16 años, declaró al Financial Times el 9 de octubre que su escuela está infestada de ratas y cucarachas, y que las condiciones en las aulas durante la ola de calor y sin aire acondicionado eran tan insoportables que algunos alumnos llegaron a desmayarse. “En invierno nos congelamos y en verano nos asamos”.
Andreane Pierzo, estudiante de medicina de 20 años, explicó al New York Times el 8 de octubre que los “recortes presupuestarios” del gobierno “afectan todos los servicios públicos, excepto a la policía y ejército”.
Apoyo de los sindicatos
Los principales sindicatos se unieron a los estudiantes el 6 de octubre. En París, los estudiantes aplaudieron cuando miembros de la CGT —una de las federaciones sindicales más grandes de Francia— formaron un cordón de seguridad en torno a los contingentes estudiantiles para protegerlos de los ataques policiales. La policía dijo que 256 mil personas se manifestaron en toda Francia ese día, mientras que los organizadores de la manifestación y líderes sindicales estimaron la cifra en casi medio millón.
Mickael Sauvage, trabajador aeroespacial, se sumó a la manifestación en respuesta a la convocatoria de su sindicato. Un reportero del New York Times lo encontró entre la policía y los manifestantes, tratando de evitar un segundo ataque de la policía.
“Los jóvenes están preocupados por su futuro”, dijo. “El gobierno los empuja a la violencia para que la opinión pública se vuelva en su contra y sus demandas no sean escuchadas”.
Una reunión gubernamental destinada a intentar calmar las protestas estudiantiles, rechazó ampliar el presupuesto educativo, aunque se adoptaron algunas medidas para reducir el precio del diésel. Las autoridades temían que más trabajadores, agricultores y otros se sumaran a las movilizaciones estudiantiles.
Una crisis capitalista más profunda
“Esto va más allá de tener baños decentes en las escuelas”, declaró Alcidor, un estudiante de secundaria a la BBC en París. “Hay una profunda indignación entre la juventud francesa que no se siente representada, que se siente abandonada e ignorada, y que teme lo que le depara el futuro”.
A medida que las manifestaciones se extendían y ganaban el apoyo de la clase trabajadora, diversas fuerzas políticas intentaron sacar provecho vinculándose a ellas. Jean-Luc Mélenchon, líder de La Francia Insumisa, el partido de izquierda, se unió a las protestas. Por su parte, Marine Le Pen, líder del partido de derecha, Agrupación Nacional, criticó a Macron por no haber evitado que “la soga del pago de intereses estrangulara a Francia”.
La deuda pública francesa asciende a 4 billones de dólares —casi el 120 por ciento del producto interno bruto— es la segunda más elevada de Europa después de la de Alemania.
