Revolución, contrarrevolución y guerra en Irán

Raíces sociales y políticas de protestas obreras que se extendieron a 90 ciudades y pueblos

9 de abril de 2018

Clic aquí para descargar

El siguiente artículo corrige los reportajes iniciales en el Militante sobre las grandes protestas obreras que comenzaron en Mashhad, Irán, el 28 de diciembre y se extendieron a principios de enero a unas 90 ciudades y pueblos por todo el país. El artículo se basa en informes de Jack Barnes, secretario nacional del Partido Socialista de los Trabajadores, que fueron debatidos y adoptados por el Comité Nacional del partido.

El Militante, haciendo eco de los reportajes en la prensa burguesa, describió esas acciones erróneamente afirmando que eran mayormente una respuesta a problemas económicos y a los recortes de subsidios y gastos sociales por parte del gobierno iraní en Teherán. Esto se reflejó en los titulares de los artículos en las ediciones del 15 y 22 de enero del Militante: “Crisis económica trasfondo de protestas en Irán” y “Se extiende descontento de trabajadores en Irán”.

Aunque los reportajes fueron mejores en artículos posteriores, el no publicar una corrección explícita les niega a los lectores los hechos y el análisis que necesitan para comprender el origen político de estos sucesos y su importancia en la lucha de clases y las guerras en el Medio Oriente y el mundo actual.

POR STEVE CLARK

Una crisis política está sacudiendo a Irán, ante los intentos del régimen clerical burgués de obligar a los trabajadores y agricultores en ese país, así como en Afganistán, Pakistán, Iraq, Líbano y otros países, a prestar servicio militar por todo el Medio Oriente. La burguesía iraní pretende aumentar su poder e influencia en la región por medio de las armas para extender, más allá de sus fronteras, la contrarrevolución política dominada por el clero que ha durado casi cuatro décadas, una contrarrevolución que hizo replegar a los trabajadores, agricultores, mujeres y nacionalidades oprimidas que llevaron a cabo la histórica Revolución Iraní de 1979.

Esa sublevación fue una profunda revolución social popular de carácter moderno en las ciudades y el campo, y no una yihad (guerra santa) religiosa como la describen falsamente muchas voces burguesas. La revolución repercutió en todo el Medio Oriente y el resto del mundo.

Dos siglos de experiencia han enseñado a los trabajadores políticamente conscientes que ni las revoluciones populares, ni tampoco la resistencia del pueblo trabajador a las consecuencias de revoluciones derrotadas, se ven impulsadas principalmente por el “descontento económico”. Son cuestiones sociales y políticas mucho más profundas —de clase, de sexo, de secta y de raza—las que empujan a la acción a decenas y cientos de miles (y en momentos decisivos a millones) de trabajadores. Ante todo, son las desigualdades e indignidades sociales y de clase causadas por la explotación y opresión capitalista las que socavan la legitimidad moral de la clase dominante y su estado. Y nada impulsa más la resistencia que las aventuras militares y las guerras de las clases privilegiadas, cuando las justificaciones nacionalistas y religiosas de los gobernantes (persas y chiítas, en el caso de Irán) comienzan a disolverse en sangre.

“Fuimos acusados de conspiración para derrocar al gobierno en una revolución armada”, escribió Farrell Dobbs en Burocracia Teamster al referirse a los cargos formulados por Washington en julio de 1941 contra 29 dirigentes del Partido Socialista de los Trabajadores y del Local 544 del sindicato de camioneros Teamsters. El verdadero objetivo de esos cargos fabricados era socavar la campaña política dirigida por los Teamsters de Minneapolis para organizar la oposición obrera y sindical a los objetivos imperialistas de los gobernantes norteamericanos en la Segunda Guerra Mundial, dijo Dobbs. Pero “la palabra guerra no apareció en ninguna parte de la acusación federal … porque en esos momentos no habría sido popular enjuiciarnos como opositores de la política exterior imperialista”.

La portada de la nueva edición de Burocracia Teamster —el último de los cuatro tomos de Dobbs sobre el liderazgo con perspectiva de lucha de clases, basado en Minneapolis, que transformó el movimiento obrero durante la Gran Depresión— reproduce el titular de primera plana del Militant en junio de 1941: “Por qué nos han acusado: EL PARTIDO SOCIALISTA DE LOS TRABAJADORES ES EL PARTIDO ANTIBÉLICO”.

No es solo en los países imperialistas como Estados Unidos que un impulso acelerado hacia la militarización y la guerra se hace inevitable en una determinada etapa para las clases propietarias. Hoy día en Irán, frente al creciente descontento entre los trabajadores y los oprimidos, la única forma en que los gobernantes capitalistas pueden tratar de defender y preservar su régimen contrarrevolucionario a nivel interno es de continuar extendiendo su política reaccionaria en Iraq, Siria, Líbano, Yemen y Kurdistán dividido. El régimen clerical burgués justifica su trayectoria sangrienta bajo la bandera de remediar la opresión histórica de los chiítas en Iraq y en todo el mundo árabe, una opresión basada en “divide y vencerás” manipulada y amplificada por más de un siglo de dominación imperialista francesa, británica y norteamericana.

No obstante, desde la izquierda hasta la derecha de la política burguesa en Estados Unidos y en todo el mundo imperialista, presentan esta contrarrevolución política en Irán como si fuera la revolución de 1979; las identifican como la misma cosa. Aquellos que los medios capitalistas pintan como “dirigentes de la revolución” son en realidad dirigentes de la contrarrevolución: una vindicación a la inversa de las falsas afirmaciones de estos personajes burgueses iraníes y sus apologistas políticos.

Las mujeres y la revolución en Irán

Por ejemplo, el New York Times publicó un artículo en su edición del 4 de febrero con el titular: “¿Velo obligatorio? La mitad de los iraníes dicen ‘no’ a un pilar de la revolución”. Thomas Erdbrink, jefe de la oficina de prensa en Teherán del “periódico de referencia” en Estados Unidos, informó que el gobierno iraní había publicado una encuesta que indica una extensa oposición a que las mujeres “se vean obligadas a llevar el velo, un símbolo de la revolución en Irán” [subrayado añadido]. El artículo describe las protestas recientes en Irán contra la obligación de cubrirse la cabeza y agrega que la “ley sobre el velo ha sido aplicada desde la revolución islámica de 1979”.

Pero el hiyab obligatorio —un velo que cubre el cabello y el cuello— no es “un símbolo de la revolución en Irán”. Al contrario.

Sí, la mayoría de los trabajadores y jóvenes que hicieron la revolución de 1979 se opusieron al decreto real de los años 30 que el sha —el monarca respaldado por el imperialismo— había impuesto en nombre de la “modernización” capitalista, negándoles a las mujeres el derecho a decidir ellas mismas cómo vestirse en público. Los policías del sha que les arrancaban el velo a las mujeres eran los mismos que arrastraban a trabajadores y jóvenes a los centros de tortura y prisiones en todo Irán.

Pero en marzo de 1979, cuando el ayatolá Ruhollah Jomeiní declaró que las empleadas de los ministerios del gobierno no debían ir “desnudas” al trabajo sino “vestidas según las normas islámicas”, decenas de miles de estudiantes, trabajadores y otras mujeres y hombres salieron a la calle por todo Irán: el acto más grande por el Día Internacional de la Mujer en cualquier parte del mundo. Los manifestantes se defendieron de los matones organizados y obligaron a Jomeiní a retroceder.

Posteriormente, el ministerio del trabajo anunció ese mes que las mujeres en fábricas y otros centros de trabajo tenían derechos iguales en el trabajo, incluido el derecho a participar en las elecciones a los consejos obreros (shoras) y a ocupar cargos.

No fue sino hasta mediados de 1983, cuando la contrarrevolución consolidó su control, que el régimen iraní finalmente pudo imponer leyes que les prohibían a las mujeres “aparecer en público sin el hiyab religioso”. Durante los siguientes dos años, el gobierno desató con más y más frecuencia sus escuadrones especiales “antivicio” para enfrentarse a las mujeres en la calles y obligarlas a cumplir con la ley.

Los actos públicos de desafío a esta ley desde diciembre, así como la resistencia a la misma en los últimos años, son una expresión de la creciente conciencia y lucha contra las indignidades, los abusos y la discriminación que enfrentan las mujeres a nivel mundial. Lejos de ser un tema propio de las mujeres adineradas y de clase media en Irán (según las versiones caricaturescas de la prensa burguesa), las demandas a favor de los derechos de la mujer —con palabras y hechos— fueron un aspecto fundamental de las luchas de millones de personas, incluso de trabajadoras y trabajadores, durante la revolución de 1979. Son de las conquistas de la revolución que se han visto mermadas. Las recientes protestas obreras y otras por venir han renovado las posibilidades de defender e impulsar estos logros.

Las guerras contrarrevolucionarias de Teherán, su expansionismo y su política social reaccionaria no tendrán fin sin acabar con el régimen clerical burgués contrarrevolucionario. Las divisiones faccionales en el seno del gobierno burgués y las capas gobernantes están creando más espacio político para los trabajadores y agricultores, quienes aprovecharon estas oportunidades a fines de diciembre y principios de enero.

Falso ‘eje de resistencia’

“Hoy en toda la región, el islam y la República Islámica de Irán son más grandes que nunca”, dijo el presidente Hassan Rouhani, actualmente la principal figura entre los llamados “reformistas”, en un discurso en octubre de 2017 en Irán.

“¿Se podría tomar medidas en Iraq, Siria, Líbano, el norte de África y el Golfo Pérsico sin considerar la perspectiva de Irán?” —¡ “La perspectiva” de Irán no es el problema! Rouhani agregó: “Esto es producto de la conciencia y unidad de la nación, y la vigilancia del Líder”, es decir, del ayatolá Alí Jamenei.

El presidente Rouhani, quien firmó el pacto nuclear de 2015 con Washington (junto con Londres, Moscú, París, Beijing y Berlín) es el mismo presidente Rouhani que ha presidido las operaciones militares en Iraq, Siria, Líbano y otros países por parte de la Fuerza Quds de Irán (la “legión extranjera” de su Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica), junto con otras milicias chiítas respaldadas por Teherán. El régimen clerical burgués, al movilizar fuerzas de lo que cínicamente llama el “eje de resistencia”, ha creado un corredor de fuerza militar, influencia política y explotación económica que llega hasta el mar Mediterráneo y la frontera con Turquía, así como en Yemen y en pequeñas zonas de otras partes del Medio Oriente.

El régimen iraquí es el primer gobierno árabe dominado por chiítas en la historia, con importantes poblaciones de suníes árabes, kurdos, turcos y otras minorías no chiítas. Bagdad depende para su defensa militar de las milicias chiítas organizadas por la Guardia Revolucionaria, con combatientes iraquíes, iraníes, libaneses, afganos y otros, a veces con oficiales iraníes o de Hezbolá.

Una situación semejante existe en Siria, donde estas fuerzas aprovecharon el vacío creado por el colapso del ejército de Bashar al-Assad y —con apoyo aéreo, naval y terrestre de Rusia— rescataron ese régimen tiránico con un horrible saldo de más de 10 millones de trabajadores sirios desplazados, asesinados o mutilados.

Hezbolá, tras ser golpeado por las fuerzas israelíes en la guerra de 2006, ha reforzado su posición política y militar frente a las fuerzas burguesas dirigidas por suníes y cristianos en Líbano.

Las clases dominantes rivales en toda la región saben que, a pesar del acuerdo de 2015, Teherán está cerca de poder producir armas y sistemas de lanzamiento nucleares. Sin embargo, estas armas no serían para Irán una defensa contra las amenazas militares del imperialismo norteamericano y de otras potencias nucleares, ni tampoco eliminarían las sanciones inhumanas e intolerables que Washington y otros gobiernos imperialistas han impuesto al pueblo iraní. Al contrario, las armas de destrucción masiva solo darían una justificación a los regímenes de Arabia Saudita y otros países de la región para entrar en la carrera armamentista nuclear, como también al gobierno israelí para mantener y reforzar su arsenal nuclear existente.

El Partido Socialista de los Trabajadores exige el desarme nuclear unilateral e inmediato de Washington. Llamamos a los otros ocho gobiernos del mundo que actualmente tienen estas armas catastróficas a que se deshagan de ellas, y nos oponemos a que cualquier gobierno las desarrolle y utilice. En este sentido, como en muchos otros, el PST señala el ejemplo proletario internacionalista que ofrece la dirección de la revolución socialista cubana (ver recuadro en la página 8).

Se consolida contrarrevolución

En 1980 cientos de miles de trabajadores y pequeños agricultores se ofrecieron como voluntarios para combatir a las fuerzas invasoras del régimen iraquí de Saddam Hussein, apoyado, armado y financiado tácitamente por Washington, París y otras potencias imperialistas. El pueblo trabajador de Irán reconoció esa invasión como un intento de asestar un golpe mortal a su revolución. Sus movilizaciones dieron un breve segundo impulso a la resistencia popular frente a la contrarrevolución en Irán. Estas fuerzas clericales burguesas atacaron los derechos políticos; los shoras (consejos) obreros en las fábricas, las refinerías y otros centros de trabajo; las reivindicaciones agrarias de los agricultores; los derechos de los kurdos y otras nacionalidades oprimidas; y los derechos de la mujer.

Los miembros del partido comunista en Irán en esa época —el Partido Socialista de los Trabajadores (HKS), luego nombrado Partido de la Unidad de los Trabajadores (HVK)— estaban en medio de la lucha de clases revolucionaria. Eran obreros en fábricas, refinerías y otros centros laborales industriales, así como soldados voluntarios que combatían la invasión iraquí. Muchos de los cuadros y dirigentes de ese partido habían sido reclutados y formados por el Partido Socialista de los Trabajadores en Estados Unidos mientras estudiaban o trabajaban aquí durante la tiranía del sha. Otros trabajadores, soldados y estudiantes fueron reclutados al partido en Irán durante los primeros años de la revolución.

El HVK abogaba por la “extensión y unificación de los shoras de las fábricas”; “distribución de tierras bajo el control de los shoras campesinos”; “el derecho a la autodeterminación [y] autonomía” de los kurdos y otras nacionalidades oprimidas; e igualdad de derechos para la mujer, incluido “el derecho al trabajo y a la igual remuneración por igual trabajo”, “cuidado infantil” y “contra el velo obligatorio y todo tipo de discriminación y humillación de las mujeres”.

El HVK exigía plenas libertades políticas y la libertad de “todos los presos políticos antiimperialistas y obreros”, y llamaba a “extender y unificar los shoras de trabajadores, campesinos, soldados y de los Pasdaran [Guardia Revolucionaria]. Por un gobierno de trabajadores y campesinos”.

En Estados Unidos y alrededor del mundo, era solo en las páginas del Militant (y su revista hermana de noticias internacionales, Intercontinental Press) que los trabajadores podían encontrar relatos exactos y directos sobre la revolución iraní y los esfuerzos del pueblo trabajador y los oprimidos para defender e impulsarla frente a los ataques del imperialismo norteamericano, de los regímenes hostiles en la región y de las fuerzas burguesas en Irán. Los miembros de las ramas y las fracciones sindicales del Partido Socialista de los Trabajadores en Estados Unidos llevaron la verdad sobre la revolución y nuestra defensa de esta a sus compañeros de trabajo en fábricas, minas y otros centros de trabajo, y también a las calles.

Sin embargo, a principios de los años 80, la burguesía y la República Islámica ya estaban empleando una represión más y más brutal para frenar y derrotar las luchas del pueblo trabajador y los oprimidos en Irán, consolidando el dominio contrarrevolucionario de la clase gobernante.

Después de que las fuerzas militares iraníes forzaron al ejército invasor de Saddam Hussein a retroceder al otro lado de la frontera a mediados de 1982, Teherán envió un gran número de sus propias tropas a Iraq. Independientemente del propósito defensivo que esto haya tenido al principio, en los años siguientes el régimen arrojó ola tras ola de adolescentes y otros jóvenes trabajadores y campesinos iraníes a una innecesaria matanza en sus ataques a centros poblados en Iraq.

Durante esa misma época los gobernantes burgueses en Bagdad, que tenían su base entre suníes, desataron ataques con gas tóxico y otras atrocidades contra los kurdos (la mortífera campaña “Anfal” comandada por “Alí el Químico”, primo de Saddam) y contra la población mayoritariamente chiíta dentro de las propias fronteras de Iraq.

A finales de 1982, la combinación del terror impuesto por matones tanto oficiales como apoyados por el gobierno ya había hecho imposible que los comunistas llevaran a cabo actividades políticas en Irán.

Sin embargo, existe la historia documentada de la trayectoria internacionalista proletaria y la continuidad ininterrumpida de ese partido comunista, que puede ser estudiado por las nuevas generaciones y aplicado según las condiciones lo permitan. Un buen punto de partida se encuentra en el número 1 de Nueva Internacional, que incluye “Los cañonazos iniciales de la tercera guerra mundial” de Jack Barnes y “El comunismo, la clase obrera y la lucha antiimperialista: lecciones de la guerra Irán-Iraq”; dos documentos del HVK con una introducción de Samad Sharif.

Trabajadores: no a guerras de Teherán

En marcado contraste con las movilizaciones voluntarias de trabajadores iraníes hacia el frente de batalla en 1980, en años recientes la mayoría de los veteranos de la guerra Irán-Iraq, así como sus hijos y nietos, han instado a los jóvenes a no alistarse para las operaciones de la Fuerza Quds en Iraq y Siria. La Guardia Revolucionaria ha tenido que depender de estímulos económicos para reclutar y retener a las fuerzas necesarias para esas guerras. La remuneración de hasta 600 o 700 dólares al mes es muy superior a la norma para los trabajadores y agricultores en Irán. Y a los refugiados de Afganistán y otros países que viven en Irán se les promete la ciudadanía a ellos y a sus familias si se alistan.

Sin embargo, el creciente número de muertes y mutilaciones causadas por la guerra en los últimos cinco años ha cobrado un saldo más amargo de lo que se puede calcular en riales iraníes. Esta matanza recae con una disparidad de clase —una disparidad asoladora no en los distritos universitarios, profesionales y de clase media, sino en los barrios obreros de las ciudades grandes y los pueblos y las aldeas agrícolas por todo Irán. Fue ahí donde se concentraron las protestas en diciembre y enero, a diferencia de las movilizaciones en 2009 contra los resultados de las elecciones presidenciales de ese año.

Al principio el régimen y los gobernantes burgueses en Irán dijeron muy poco en público sobre sus guerras en Iraq, Siria y Yemen. Pero eso se hizo insostenible cuando siguieron devolviendo más y más cadáveres a las familias obreras y campesinas. Entonces el régimen intentó fomentar monumentos y memoriales a los muertos y heridos en los distritos obreros y los pueblos, con la esperanza de usar a los “mártires” para reanimar el patriotismo y el apoyo popular a sus operaciones militares contrarrevolucionarias. Pero, como muestran las recientes protestas, esos intentos de la clase dominante les reventaron en la cara.

A la luz de estas crecientes tensiones de clase, en los últimos años han aumentado las divisiones en el seno del gobierno y las capas dirigentes, y hasta se han producido grietas dentro de las anteriores alianzas faccionales.

Por ejemplo, el clérigo chiíta Hassan Rouhani ha sido considerado, o se ha presentado, como “reformista” solo en los últimos años. Él fue designado por el ayatolá Jamenei como su representante en el Consejo Supremo de Seguridad Nacional durante 16 años, comenzando en 1989. Es connotado por haber dirigido la brutal supresión de las extensas protestas estudiantiles contra las represivas nuevas leyes de prensa en 1999.

Asimismo, aunque Rouhani apoyó las declaraciones de las autoridades policiales de Teherán a fines de 2017 de que ya no arrestarían a mujeres por un “hiyab malo” —“Uno no puede imponer su propio estilo de vida sobre las futuras generaciones”, dijo el presidente— él participó directamente en la promulgación de la ley de 1983 que decretó el atuendo obligatorio.

Estas fisuras en la burguesía iraní no son superficiales. No son una farsa de “policía bueno/policía malo” para engañar a los gobiernos imperialistas y a los regímenes burgueses rivales de Irán en la región. Estas fisuras son reales y volátiles, arraigadas en las actuales relaciones sociales del país.

Cuando el presidente Rouhani hizo público el presupuesto de la República Islámica en diciembre de 2017, su objetivo era promover los intereses de su facción política frente a sus contrincantes burgueses en el liderato de la Guardia Revolucionaria. Era como si Rouhani dijera: “Yo ni siquiera controlo la mayor parte del presupuesto nacional”, tratando demagógicamente de desviar las críticas de su administración por sus recortes a vitales subsidios, pagos sociales, salarios y ayuda para los damnificados de terremotos.

Pero al divulgar el presupuesto, Rouhani terminó atizando las protestas, ya que reveló los enormes gastos estatales en las instituciones religiosas vinculadas a la Guardia Revolucionaria, que ha sido fundamental para reclutar y organizar las milicias que combaten en Iraq y Siria.

Entretanto, en fecha tan reciente como mediados de 2017, Rouhani se jactaba de que, desde su elección en 2013, el presupuesto militar nacional se había más que duplicado. Estos gastos militares van a aumentar nuevamente este año en un 90 por ciento.

Es más, cuando las protestas obreras habían decaído a principios de enero, el líder supremo, el ayatolá Jamenei, anunció que había aprobado un desembolso de 2 500 millones de dólares del Fondo Nacional de Desarrollo de la República Islámica —un fondo que supuestamente reserva ingresos provenientes del petróleo y del gas natural para financiar prioridades de infraestructura y asistencia social— para aumentar el cofre de guerra de Irán (que en 2017 ya ascendía a 13 mil millones de dólares).

¿Por qué? Porque ningún sector de la burguesía o del gobierno iraní tiene la menor intención de replegarse de las movilizaciones y operaciones militares en Iraq, Siria, Líbano o Yemen.

Tildan a trabajadores de ‘basura’

A principios de enero, cuando un conocido clérigo islámico difamó a los manifestantes obreros como “basura” durante las oraciones del viernes en Teherán, Rouhani lo increpó duramente por la televisión estatal. “No podemos calificar a todos los que se manifiestan en las calles como mugre y polvo, como vacas, ovejas o basura”, dijo Rouhani. “¿Qué manera de hablar es esta? ¿Por qué insultamos? ¿Por qué tratamos a nuestra sociedad con descortesía?”

La respuesta pública de Rouhani fue recibida muy bien entre el pueblo trabajador en Irán, como también entre muchos estudiantes y capas medias. Fortaleció su posición frente a la jerarquía de la Guardia Revolucionaria.

El presidente también actúa a favor de familias capitalistas influyentes cuando exige que la Guardia Revolucionaria retire sus grandes inversiones de la industria de la construcción, las compañías de petróleo y gas, la banca, los seguros y las telecomunicaciones, así como del pujante mercado negro en Irán.

Al mismo tiempo que el pueblo trabajador aprovecha los conflictos entre estas facciones dominantes del gobierno para abrir más espacio político, otras corrientes de orientación burguesa también pretenden poner un pie en la puerta. El ex presidente Mahmud Ahmadinejad —a quien el líder supremo le prohibió postularse nuevamente a la presidencia a principios del año pasado, y a quien Jamenei culpó por las protestas recientes— está tocando los tambores del “descontento económico” en Irán. La base de Ahmadinejad, distinta de la corriente “reformista” de Rouhani y de la Guardia Revolucionaria, se concentra entre la pequeña burguesía y sectores del pueblo trabajador en ciudades menores y zonas rurales donde se realizaron muchas de las movilizaciones recientes.

La dirección del estalinista Partido Tudeh, proscrito y duramente reprimido durante el auge de la contrarrevolución en los años 80, emitió tres declaraciones desde el exilio entre fines de diciembre y principios de enero. Los maldirigentes estalinistas se enfocaron en la “bancarrota económica” y la “corrupción” del gobierno, y no dijeron ni una palabra sobre las guerras y aventuras militares de Teherán, ya que coinciden con el régimen en apoyar a Assad en Siria, en oponerse a las aspiraciones nacionales del pueblo kurdo y en su nacionalismo persa.

En consonancia con su trayectoria frentepopulista y procapitalista, los dirigentes del Partido Tudeh hicieron un llamado a las “fuerzas progresistas y amantes de la libertad” a “aumentar su presencia en el movimiento de protesta”; evitar “consignas divisivas”; “librar una lucha conjunta y organizada de todas las capas sociales”; y “establecer el dominio del pueblo”, “una república nacional, popular y democrática”. En resumen, reemplazar la República Islámica con otro gobierno capitalista basado en corrientes opositoras, en Irán y en el exilio, en el seno del cuerpo de oficiales (del ejército permanente, no de la Guardia Revolucionaria Islámica), de las familias acaudaladas y sus representantes políticos de clase media.

Cambios en Arabia Saudita

Ante los cambios de los últimos años en la correlación de fuerzas de clase en la región del Golfo, un ala cada vez más dominante de la burguesía en Arabia Saudita (forjada durante el siglo pasado a partir de una extensa familia de base tribal) ha reconocido que en su rivalidad regional está perdiendo frente a Teherán.

En respuesta, un sector decisivo del régimen saudita, encabezado por el príncipe heredero Mohammed bin Salman, ha decidido que deben cambiar rotundamente de rumbo sobre muchos frentes, y lo están haciendo. Entre otras cosas están tomando medidas para:

•  acelerar el desarrollo industrial y comercial, en vez de seguir dependiendo de los ingresos del petróleo;

•  frenar el desangramiento de la acumulación de capitales causado por los subsidios a la extensa y privilegiada familia gobernante;

•  poner fin a la deferencia del régimen (en reacción al asalto yihadista a La Gran Mezquita de Meca en 1979) ante la jerarquía islamista suní de tendencia wahabi, dando pasos para controlar a la “policía religiosa”, secularizar el programa escolar y flexibilizar las opresivas normas sociales y culturales para las mujeres en el empleo, el derecho a conducir autos, el deporte y la diversión;

• recuperarse del daño que el régimen saudita sufrió por su complicidad con el imperialismo norteamericano en los años 80 cuando organizaron, financiaron y entrenaron a escuadrones militares islamistas en Afganistán, lo cual llevó al fracaso para Washington y Riyadh con los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001.

Los gobernantes sauditas ahora están siguiendo este curso, con el apoyo abierto de Washington y el respaldo apenas disimulado de la clase dominante y el gobierno de Israel. Riyadh ya ha excarcelado a la mayoría de los cientos de saudíes adinerados que fueron arrestados en noviembre de 2017, tras pactar “acuerdos” financieros con ellos que le darán al gobierno unos 106 mil millones de dólares para sus proyectos de modernización capitalista. El régimen piensa recaudar otros 100 mil millones de dólares en 2018 vendiendo en las bolsas mundiales un cinco por ciento de Aramco, la gigantesca empresa saudita de petróleo y gas natural.

A fines de enero, el primer ministro israelí Benjamin Netanyahu viajó a Rusia para informar al presidente Vladímir Putin que el gobierno de Israel no abandonará su insistencia en que Teherán no debe ni establecer una presencia militar permanente en Siria, ni colaborar con Hezbolá para convertir a Líbano en una base para la fabricación y lanzamiento de misiles dirigidos contra Israel.

Las Fuerzas de Defensa de Israel informan que en los últimos años han efectuado ataques aéreos y con misiles contra más de 100 convoyes de Hezbolá y otros blancos de ataque en Siria, y que seguirán haciéndolo mientras las fuerzas organizadas por Teherán se desplacen cerca de las fronteras de Israel.

Rumbo para el pueblo trabajador

El curso programático y estratégico del Partido Socialista de los Trabajadores en respuesta a la situación política tumultuosa y cambiante en Irán y toda la región del Golfo se resume en los últimos párrafos de la declaración del PST del 11 de diciembre de 2017, “Por el reconocimiento de un estado palestino y de Israel”:

“En oposición a Washington, a los gobiernos burgueses y organizaciones políticas en todo el Medio Oriente, y a la izquierda de clase media aquí en Estados Unidos, el Partido Socialista de los Trabajadores tiene un punto de partida diferente: los intereses de clase y la solidaridad de los trabajadores y pequeños agricultores en todo el Medio Oriente —ya sean palestinos, judíos, árabes, kurdos, turcos, persas o de otra nacionalidad, y cualesquiera que sean sus creencias religiosas u otras— y del pueblo trabajador en Estados Unidos y en todo el mundo.

“Estamos a favor de todo lo que ayude al pueblo trabajador a organizarse y tomar acción conjuntamente para impulsar nuestras demandas y luchas contra los gobiernos capitalistas y las clases dominantes que nos explotan y oprimen, y contra sus sirvientes políticos pequeñoburgueses y apologistas mediáticos.

“Estamos a favor de todo lo que renueve nuestra solidaridad y confianza de clase, que nos conduzca por un rumbo revolucionario hacia una lucha unida por el poder obrero.

“Este es el curso de acción internacionalista y proletario, parte de nuestro programa comunista, que los miembros y partidarios del Partido Socialista de los Trabajadores están discutiendo con los trabajadores al hacer campaña de puerta en puerta en sus vecindarios, con sus compañeros de trabajo y sus amigos y familiares, y con quienes nos sumamos en protestas contra la política antiobrera de Washington a nivel nacional e internacional”.