El bombardeo de tres instalaciones nucleares iraníes por parte de los gobernantes estadounidenses, y la imposición de un alto el fuego entre Israel y Teherán por el presidente Donald Trump tres días después incrementó el peligro de guerras más amplias, la inestabilidad política y las tensiones comerciales. La acción unilateral de Washington, destinada a afirmar su dominio económico, político y militar en la región, dejó al margen a sus “aliados” en la OTAN y en el club de los “G7”, así como a sus rivales en Beijing y Moscú.
La brutal guerra de Moscú contra el pueblo de Ucrania, la mayor guerra terrestre en Europa en 80 años, fue seguida por los conflictos en el Medio Oriente surgidos tras el pogromo del 7 de octubre de 2023 en Israel, planificado conjuntamente por Hamás y Teherán. Esto ha profundizado la crisis del orden mundial imperialista que Washington ha dominado desde su sangrienta victoria en la Segunda Guerra Mundial.
Washington actúa únicamente para promover sus intereses imperialistas. Esto se puso de manifiesto de nuevo en dos cumbres celebradas antes y después del ataque de los gobernantes estadounidenses contra Irán.
La cumbre de la OTAN celebrada en La Haya el 24 y 25 de junio, tuvo lugar días después del ataque de Washington contra Irán. El ataque reforzó el hecho de que la maquinaria militar de los gobernantes norteamericanos sitúa a Washington en la cima de la jerarquía imperialista.
La conferencia giró en torno a los esfuerzos de los rivales aliados para aumentar su gasto militar. Acordaron elevar el gasto militar al 5% del producto bruto interno de cada país durante los próximos 10 años, más del doble del 2% establecido en 2014. La “amenaza a largo plazo que representa Rusia”, la necesidad de “brindar apoyo a Ucrania” y el temor a nuevas guerras en Europa fueron las razones citadas.
Los gobernantes alemanes, que consideran el expansionismo de Moscú como un peligro para sus intereses, se han comprometido a aumentar el gasto militar al 3.5% para 2029, lo que los obligará a reformar las normas constitucionales para permitir el aumento de la deuda nacional. Berlín afirma que reintroducirá el servicio militar obligatorio si es necesario para convertir a sus fuerzas armadas en “el ejército convencional más fuerte de Europa”.
Gobiernos europeos se rearman
Solo dos gobiernos europeos miembros de la OTAN son potencias nucleares: Londres y París. En la mayor expansión de su alcance nuclear en décadas, los gobernantes británicos anunciaron que comprarán una docena de cazabombarderos norteamericanos F-35A, capaces de portar armas nucleares.
Trump elogió la acumulación de armas por la OTAN como “una gran victoria para Europa y, en realidad, para la civilización occidental”. Pero las marcadas diferencias entre Washington y las potencias europeas aún persisten.
El presidente francés Emmanuel Macron, preocupado por defender la posición de los gobernantes franceses en Europa, se quejó de que no tiene sentido hacer acuerdos “entre aliados… para gastar más” a la misma vez que se está “librando una guerra comercial entre ellos”. Pero esta es la lógica de los profundos antagonismos entre las potencias imperialistas: las inevitables guerras comerciales entrañan la amenaza de guerras de tiros.
Si bien las clases dominantes europeas dicen estar unidas mientras se vigilan mutuamente, realmente enfrentan verdaderos problemas. El Wall Street Journal informó que “carecen de capacidades vitales para la guerra moderna, como tecnología de vigilancia de punta, capacidad de lanzar ataques de precisión de largo alcance, sistemas avanzados de defensa aérea y los equipos de mando y control más modernos”.
En general, siguen subordinadas y dependientes de Washington.
Washington mira hacia el este
Los gobernantes norteamericanos quieren dirigir más de sus fuerzas hacia la región de Asia y el Pacífico. En las negociaciones entre Moscú y Kiev han buscado alinear a los gobernantes rusos más con Washington. Tiene su mira fija en los enfrentamientos venideros con Beijing.
En el Pacífico, los gobernantes norteamericanos han buscado profundizar su colaboración con las potencias imperialistas locales: Japón, Australia y Nueva Zelanda, y con Corea del Sur. Han intensificado los ejercicios militares con Filipinas y han prometido defender a Taiwán.
Washington ha invitado a estos aliados asiáticos a las cumbres de la OTAN desde 2022. Sin embargo, debido a las tensiones comerciales y de alianza con Washington, y a las presiones militares y económicas de Beijing, los jefes de gobierno de Tokio, Seúl y Canberra decidieron no asistir este año.
La guerra en el Medio Oriente también tuvo impacto en la reunión anual del Grupo de los Siete, celebrada en las Montañas Rocosas en Canadá el 16 y 17 de junio. La fachada de unidad imperialista se vio interrumpida cuando Trump se ausentó el segundo día para regresar a Washington. Los líderes de los otros seis gobiernos —Canadá, Francia, Alemania, Italia, Japón y el Reino Unido— se vieron obligados a posponer cualquier debate significativo sobre la guerra en Ucrania y los asuntos comerciales globales.
El presidente francés anunció que la salida temprana de Trump fue necesaria para negociar un alto el fuego entre Israel y Teherán. Trump replicó bruscamente, afirmando que aspiraba a algo “mucho más grande que eso”. Cuatro días después, Washington atacó instalaciones nucleares iraníes con bombas de búnkeres, mientras los gobernantes estadounidenses intensificaban sus esfuerzos para imponer su Pax Americana en la región.
Mientras tanto, Moscú continúa su implacable bombardeo contra el pueblo trabajador en las zonas urbanas de Ucrania. El régimen de Vladímir Putin sigue agregando demandas a Ucrania como condiciones para negociar un alto el fuego. La más reciente exige que no se sigan entrenando tropas ucranianas en Europa.
El Kremlin condenó los ataques israelíes contra Irán y posteriormente la intervención militar de Washington. Pero cuando Putin ofreció sus servicios de mediación para ayudar a Trump a alcanzar un alto el fuego, el presidente estadounidense le dijo francamente que primero pusiera fin a su propia guerra en Ucrania.
Todo esto señala la creciente amenaza de una tercera guerra mundial imperialista, con consecuencias devastadoras para el pueblo trabajador de todo el mundo.
