Preocupado por la creciente oposición entre los trabajadores al régimen dictatorial de Irán y a sus guerras, Mojtaba Jameneí, el líder supremo de Irán, amenazó el 28 de agosto que “participar en cualquier acto que perjudique la cohesión social está prohibido” y será castigado.
El temor de los gobernantes iraníes a la clase trabajadora y a las nacionalidades oprimidas se refleja de muchas maneras.
El régimen solo ha hecho un tibio intento de reprimir el creciente número de mujeres que han dejado de observar el reaccionario código de vestimenta que las obliga cubrirse el cabello. Ha cerrado decenas de cafeterías y otros establecimientos que han permitido la entrada a clientas sin hiyab, pero ha decidido no ordenar arrestos masivos por temor a desencadenar un nuevo movimiento de “Mujeres, vida, libertad”, mayor que el que sacudió el país en 2022 tras la muerte de Zhina Amini después de ser arrestada por la policía moral.
Aunque el desafío al código de vestimenta es más abierto en los vecindarios de clase media de Teherán, está aumentando en las pequeñas localidades y zonas rurales.
Tras las masivas protestas antigubernamentales de diciembre de 2025 y enero de 2026 en las que el régimen masacró a más de 7 mil manifestantes, los gobernantes intensificaron el uso de la pena de muerte. En una semana pasada reciente, por lo menos 32 personas fueron ejecutadas.
Las huelgas de hambre semanales contra la pena de muerte organizadas por el grupo de reclusos “Martes sin ejecuciones” ya se han extendido a 62 prisiones. En un comunicado del 1 de septiembre, el grupo denuncia que los detenidos por participar en las protestas han sido “víctimas de injusticias, sin derecho a defensa ni a un juicio justo”.
Pero las ejecuciones siguen provocando cada vez más protestas. “Nos oponemos a toda forma de ejecución independientemente de los cargos imputados, y las consideramos incompatibles con la dignidad humana, el derecho a la vida y la justicia”, reza una petición circulada por el Consejo Coordinador de Sindicatos de Maestros Iraníes. Para el 1 de septiembre, más de 850 personas la habían firmado.
68 acciones laborales en 30 días
Según Davtalab, un sitio iraní en Telegram que informa sobre cuestiones laborales, tan solo en el último mes ha habido un mínimo de 68 acciones laborales en unas 25 ciudades.
Los trabajadores de instalaciones de petróleo y gas, incluidas las plataformas marinas, han estado haciendo protestas todos los lunes durante seis semanas. En las protestas del 1 de septiembre exigieron la protección de las pensiones, aumentos salariales y un incremento del salario mínimo para los trabajadores recién contratados.
Muchas protestas de cientos de jubilados plantean no solo demandas en torno a pensiones y atención médica, sino también su oposición al encarcelamiento de activistas sindicales y a la pena de muerte.
El 6 de septiembre hubo protestas en varias ciudades bajo el lema “El maestro no es un esclavo”.
Guerra, pérdida para trabajadores
El temor del régimen a la clase trabajadora se reflejó también en un artículo publicado el 1 de septiembre por la Agencia de Noticias Laborales de Irán (ILNA), financiada por el gobierno. Informó sobre el deterioro de las condiciones que enfrentan los trabajadores del puerto Shahid Rajaee, situado en las afueras de Bandar Abbas, en la costa sur de Irán.
El artículo señala que debido al bloqueo naval norteamericano, “las enormes grúas que en su día fueron símbolo de vitalidad y movimiento permanecían ahora inmóviles a lo lejos, como esqueletos metálicos de dinosaurios extintos”.
Los contratistas para quienes trabajaban “pusieron despiadadamente la cuchilla de los despidos en el cuello de miles de trabajadores”, señala el artículo. “Son los trabajadores quienes pagan con sus ollas vacías el costo de este histórico cierre”.
Yaser, quien trabajaba para una empresa de aduanas, dijo a la agencia de noticias que “la empresa ni nos despide oficialmente,” impidiendo así que los trabajadores reciban indemnización por despido, “ni nos da una carta oficial ‘de sus servicios ya no son necesarios’” que les permitiría pedir subsidio por desempleo.
“Los trabajadores llevamos todas las de perder con la guerra”, dijo Rahim, un trabajador portuario veterano. Los que siguen trabajando, moviendo más de 135 mil contenedores que ya estaban en el puerto antes de que comenzara el bloqueo, ahora están cobrando apenas “el 70% del salario del año pasado”, a pesar de la inflación desbocada, señaló Rahim.
El patrón “simplemente nos llama y dice ‘no vengas mañana’”, dijo Saaed, otro trabajador de aduanas. Mientras tanto, el patrón “conduce su Porsche por Teherán”.
Para inmigrantes afganos y para trabajadores de la oprimida nacionalidad baluchi, las condiciones son peores. El gobierno niega el documento de identidad a miles de baluchis nacidos y criados en Irán. Nemat, un trabajador afgano de 24 años, describió a ILNA cómo se les asignan los trabajos más duros y peor remunerados, con jornadas de 14 horas “sin mascarillas ni guantes”. A pesar del calor intenso, “incluso tenemos que comprar nuestra propia agua helada”.
Con los despidos y la inflación, “somos nosotros, las familias trabajadoras, quienes pagamos el precio de las sanciones y el bloqueo”, dijo Aminah, esposa de un trabajador despedido.
“Miles de hombres agotados” están “esperando el día en que estas grandes puertas les designen una porción más justa para sus manos callosas”. El objetivo del artículo era advertir al régimen que, en lugar de “esperar”, quizás más trabajadores estén preparándose para unirse y luchar por lo que necesitan.
Alas rivales del régimen
Las disputas públicas entre facciones rivales del régimen reaccionario sobre cómo actuar ante las sanciones, el bloqueo y los intermitentes ataques militares del imperialismo estadounidense han ido en aumento. Algunos funcionarios abogan por negociaciones, mientras otros piden nuevas ofensivas militares contra aliados y bases de Estados Unidos.
Cualesquiera sean sus diferencias, todas las principales facciones comparten la meta a largo plazo de destruir a Israel como refugio para los judíos.
Hablar de la crisis económica y de otros problemas solo ayuda al “enemigo estadounidense-sionista”, dijo Jameneí.
El régimen ha sufrido daños significativos en su capacidad militar, industrial y económica a pesar de jactarse de haber “derrotado” al imperialismo norteamericano en la guerra de 40 días.
Pero la administración del presidente Donald Trump no ha logrado conseguir la anticipada victoria rápida que forzaría a Teherán a postergar su meta de adquirir armas nucleares y a establecer una relación de colaboración con Washington. Los gobernantes norteamericanos buscan aumentar su saqueo de los recursos de la región y hacer retroceder a sus rivales, especialmente a Beijing. Aunque muy debilitado, Teherán sigue siendo una amenaza para los buques que atraviesan el Estrecho de Ormuz, punto estratégico clave para el comercio mundial.
