A continuación publicamos una declaración emitida el 7 de febrero de 2026 por Jack Barnes, secretario nacional del Partido Socialista de los Trabajadores, en nombre del Comité Nacional del partido.
Hay una apremiante necesidad de que los trabajadores hagan un llamado a la acción contra los crecientes intentos de asfixiar económicamente al pueblo cubano y contra la escalada de amenazas militares hacia Cuba por parte de los gobernantes estadounidenses.
Ante las descaradas mentiras de Washington para justificar sus ataques contra la soberanía cubana, en este momento el pueblo trabajador en Estados Unidos tiene tanto la obligación como la oportunidad de difundir la verdad sobre la revolución socialista cubana entre los más amplios sectores de la población. Las peligrosas acciones de los gobernantes norteamericanos acrecientan la probabilidad de una guerra contra el pueblo trabajador cubano, que hizo y ha defendido esa revolución por casi siete décadas. Al mismo tiempo, estos actos de los belicistas atentan contra los trabajadores y los oprimidos en Estados Unidos y en todo el mundo.
El rumbo tomado por Washington desde principios de 2026 representa la mayor amenaza del imperialismo estadounidense contra la Revolución Cubana y el pueblo cubano desde la “crisis de los misiles” de octubre de 1962. En aquel entonces, la administración de John F. Kennedy, con apoyo bipartidista, llevó al mundo al borde de una guerra nuclear y finalmente tuvo que desistir de sus planes de invadir la isla. Es imperante que los trabajadores y el movimiento obrero se opongan a la actual política del gobierno norteamericano.
Washington ha movilizado fuerzas navales y aéreas en el Caribe a una escala que no se ha visto en casi medio siglo. Los gobernantes estadounidenses desataron esas fuerzas brutales el 3 de enero para causar “conmoción y pavor” en su ataque contra Venezuela, mediante el cual secuestraron y encarcelaron al presidente Nicolás Maduro y a Cilia Flores, su esposa. La administración Trump ha aprovechado este ataque contra la soberanía de Venezuela para intensificar su presión económica y militar sobre el pueblo cubano.
Esta escalada va dirigida ante todo a negarle acceso a Cuba al petróleo importado y a otros recursos energéticos, medidas que están aumentando los apagones y provocando fuertes reducciones en la disponibilidad de las necesidades humanas más básicas. Esto se suma al recrudecimiento de las medidas impuestas a Cuba durante las anteriores presidencias de Trump y Joseph Biden para limitar su acceso a los mercados y créditos bancarios internacionales: acceso necesario para adquirir alimentos, productos médicos y sanitarios esenciales (provocando, entre otras muchas cosas, un aumento en la mortalidad infantil y materna así como una epidemia de diversos virus transmitidos por mosquitos), libros, otros bienes educativos y culturales, y mucho más.
El ruido y el tono que emanan de la actual administración norteamericana se han caracterizado por una euforia desde el verano pasado: desde el ataque que realizó contra Irán el 22 de junio con misiles antibúnker, hasta su reciente ataque contra Venezuela. En esto se destacan el secretario de estado Marco Rubio, Pete Hegseth (rebautizado “secretario de guerra” por la administración), y el mismo presidente Trump.
“No llegará más petróleo ni dinero a Cuba, ¡Cero!”, anunció Trump el 11 de enero. “Les sugiero fuertemente [a los dirigentes cubanos] que lleguen a un acuerdo antes de que sea demasiado tarde”. Durante su comparecencia ante el Senado ese mismo mes, Rubio añadió: “Nos encantaría ver un cambio de régimen ahí”.
Todo esto ha creado una brecha táctica en la burguesía con otros miembros del llamado movimiento MAGA que hicieron campaña a favor de los candidatos republicanos en 2024 con promesas al pueblo trabajador de no llevar a cabo dicha política de guerra. Independientemente de cómo se desarrollen estas divisiones entre republicanos y demócratas, ambos partidos —y cada uno de los 13 presidentes estadounidenses desde enero de 1959— han estado y siguen comprometidos con el objetivo de derrocar la revolución socialista cubana.
Todas las clases dominantes capitalistas de la época imperialista han fomentado la ilusión de que es posible “limitar” y “controlar” de alguna manera los crecientes conflictos económicos y armados, sean provocados por estas burguesías o entre ellas. La historia demuestra lo contrario, a un precio de decenas de millones de vidas humanas. Las guerras pequeñas, con demasiada frecuencia, se convierten en guerras grandes.
Los capitalistas norteamericanos además disponen de muchos otros medios para intensificar el sufrimiento del pueblo trabajador cubano. El gobierno de Estados Unidos puede ampliar este bloqueo de facto impidiendo el acceso a otros bienes de primera necesidad además del petróleo y demás recursos energéticos. Washington puede restringir aún más los vuelos a Cuba o hasta prohibirlos completamente. La bochornosa campaña imperialista estadounidense contra los médicos cubanos y las misiones médicas internacionalistas podría intensificarse. Podrían limitar aún más las remesas que las familias cubanas reciben de sus familiares en Estados Unidos.
Además, en el marco de la persecución que la administración realiza contra los inmigrantes, las deportaciones de cubanos a la isla ya están exacerbando las escaseces y las tensiones sociales en Cuba.
El objetivo declarado de Washington de impedir que Cuba reciba envíos de petróleo no es simplemente otra extorsión “arancelaria” por parte de la Casa Blanca. Aumenta drásticamente el riesgo de una guerra. Si algún gobierno decide poner a prueba la demanda de Washington, las fuerzas militares norteamericanas no tendrán otra forma de impedir un intento de entregarle a Cuba petróleo u otros productos vitales que disparando contra el buque carguero, incautándolo o incluso hundiéndolo, sin importar la bandera nacional bajo la cual navegue. Podría ser un barco de Rusia— un país con armas nucleares —o un barco chino. Incluso podría ser un buque petrolero de Venezuela o México, cuyos gobiernos ya han sucumbido a la presión de Washington y efectivamente han detenido el suministro de petróleo a Cuba.
Desde la victoria de la Revolución Cubana, Washington ha intentado justificar su agresión y sus violaciones a la soberanía nacional de Cuba difundiendo mentiras desvergonzadas a través de sus medios de comunicación, escuelas y otros instrumentos de propaganda. Los gobernantes norteamericanos advierten que un país cuya población apenas equivale al 3% de la de Estados Unidos representa un “peligro para la seguridad nacional”. Por otra parte, mientras el gobierno cubano ha intentado entablar relaciones económicas y diplomáticas normales desde el inicio de la revolución, fue Washington quien rompió unilateralmente esos lazos a principios de los años 60. Las fuerzas armadas cubanas no tienen armas nucleares ni un programa para desarrollarlas, y nunca han iniciado acciones militares contra un objetivo estadounidense.
Lo que los gobernantes norteamericanos realmente temen no tiene nada que ver con eso. Ellos temen el ejemplo político y moral, y la atracción que tiene la revolución socialista cubana y su solidaridad internacionalista entre los trabajadores y los oprimidos de todo el mundo.
El gobierno cubano está dispuesto y presto a entablar conversaciones con el gobierno de Estados Unidos, como siempre lo ha estado, subrayó el presidente cubano Miguel Díaz-Canel el 5 de febrero en una rueda de prensa de dos horas en La Habana.
“Es muy condenable que una potencia, con la dimensión que tiene Estados Unidos como potencia, asuma una política tan agresiva y tan criminal hacia una pequeña nación”, dijo Díaz-Canel. “¿Qué significa no permitir que llegue una gota de combustible a un país? . . . ¿Cómo mantenemos las clases de los niños sin combustible?
“¿Cómo funcionan nuestros sistemas vitales sin combustible? ¿Cómo distribuimos la comida? ¿Cómo sembramos? ¿Cómo roturamos? ¿Cómo preparamos la tierra? ¿Cómo recogemos los productos? ¿Cómo nos trasladamos?”
El presidente cubano señaló las medidas inmediatas que está tomando el gobierno para garantizar que los recursos, cada vez más escasos, sean reasignados para hacer frente a estas condiciones más y más difíciles. El gobierno está racionando la gasolina y otras fuentes de energía, prestando especial atención para que estas medidas no repercutan más severamente en las zonas rurales, en los ancianos, en los niños de escuela primaria y en otros trabajadores.
Díaz-Canel describió las masivas movilizaciones populares que han ocurrido por toda la isla durante las últimas semanas para denunciar la creciente agresión del gobierno estadounidense en el Caribe y contra Cuba misma. “Hay una realidad: Cuba es un país de paz”, dijo. “La doctrina de defensa o la doctrina militar de nuestro país es la concepción de la Guerra de Todo el Pueblo” —iniciada en los años 80 por el dirigente cubano Fidel Castro— “que es un concepto de defensa de la soberanía y la independencia del país. Para nada contempla, en ningún momento, en ningún acápite, en ningún concepto, la agresión a otro país. Nosotros no somos una amenaza para los Estados Unidos”.
En ese sentido, dijo Díaz-Canel, ante “las implicaciones para el área de América Latina y el Caribe” del ataque de Washington contra Venezuela del 3 de enero, la población cubana se está organizando nuevamente para participar regularmente en ejercicios de entrenamiento militar voluntario, para preparar “de manera gradual y sistemática, todos los componentes de nuestro sistema defensivo territorial”. No estamos pasando “al estado de guerra”, dijo el presidente cubano, pero “nos estamos preparando para si hay que pasar al estado de guerra en algún momento”.
Los trabajadores en Estados Unidos no tenemos interés alguno en la agresión brutal que los gobernantes está llevando a cabo contra una pequeña nación y su pueblo simplemente por ejercer su soberano derecho a hacer una revolución socialista con el fin de mejorar sus condiciones de vida y trabajo. Ni tampoco por “saldar nuestra deuda con la humanidad”, según expresan los revolucionarios cubanos al ofrecer solidaridad internacionalista a otros trabajadores —sea en América Latina, Vietnam, África o cualquier otro lugar— que luchan por emular el ejemplo de la Revolución Cubana.
Más bien, a los trabajadores, sindicalistas y otros explotados y oprimidos en Estados Unidos nos incumbe exigir: “¡EEUU manos fuera de Cuba! ¡Fin al bloqueo económico de Washington!”
Colaboremos con otras organizaciones e individuos en los lugares donde vivimos y trabajamos para organizar piquetes de protesta y encuentros públicos para plantearle estas demandas a Washington y educar sobre la Revolución Cubana.
Llevemos pancartas con estas demandas a las manifestaciones que están ocurriendo por todo el país para exigir amnistía a favor de los trabajadores inmigrantes y el fin de las deportaciones.
Intercambiemos sobre estas cuestiones de vida o muerte para los trabajadores con nuestros compañeros de trabajo, con otros sindicalistas, con trabajadores en las líneas de piquetes de las huelgas de enfermeras y con otros que luchan por mejores salarios y condiciones laborales y en defensa de los derechos constitucionales.
Eso es lo que están haciendo los miembros del Partido Socialista de los Trabajadores, los candidatos del PST a cargos públicos y sus partidarios, a través de las campañas electorales del partido, la venta del Militante y de libros de dirigentes revolucionarios en barrios obreros, en los programas semanales del Militant Labor Forum y en otras actividades políticas.
Acompáñenos en estos esfuerzos. Y únase al Partido Socialista de los Trabajadores.