Las reñidas luchas sindicales en JBS en Greeley, Colorado, en la refinería de petróleo de BP en Whiting, Indiana, y las del sindicato de trabajadores agrícolas UFW en California se centran en cuestiones vitales para la clase trabajadora en su conjunto, tal como lo fueron las de la recién concluida huelga en ArcelorMittal, en Shelby, Ohio.
Los miembros del sindicato de la industria alimenticia UFCW en JBS están luchando contra la aceleración del ritmo de trabajo que atenta contra la integridad física de los trabajadores, por mejores salarios y beneficios médicos, y para defender a sus miembros, mayoritariamente inmigrantes. Los patrones han impuesto un cierre patronal contra los miembros del sindicato del acero USW en BP, en una maniobra destinada a eliminar empleos sindicalizados, recortar drásticamente los salarios y eliminar la negociación colectiva. Los miembros del USW en ArcelorMittal se declararon en huelga en contra de los intentos de la patronal de imponer turnos de 12 horas, recortar el pago de horas extra y limitar el seguro médico para cónyuges de los trabajadores.
Cada una de estas luchas demuestra tanto la creciente virulencia de la ofensiva de la clase patronal contra los trabajadores como la imperiosa necesidad de la solidaridad sindical. Estos ataques ocurren paralelamente a la campaña que el gobierno realiza contra los trabajadores indocumentados con el fin de profundizar las divisiones en el seno de la clase trabajadora e impulsar la explotación por los patrones.
Los ataques de los capitalistas en el ámbito nacional —a través de intensificación del ritmo de trabajo, carencia de empleos estables y reducción del salario real— emanan del mismo afán de lucro que impulsa sus guerras en el extranjero. Ambos fenómenos son producto de la despiadada competencia entre las clases dominantes nacionales por repartirse el mundo y maximizar el saqueo de recursos y fuerza de trabajo. Los imperialistas norteamericanos están decididos a consolidar su dominio mundial a expensa de sus rivales, y a expandir la explotación del pueblo trabajador a escala global.
Tanto demócratas como republicanos hablan de “las guerras de nuestro país”. Tales guerras no existen. Estos conflictos sirven a la misma clase dominante que, a nivel doméstico, descarga el peso de la crisis capitalista sobre la espalda de los trabajadores. La clase trabajadora es la única clase verdaderamente internacional que no tiene interés en ningún tipo de explotación u opresión, y que alberga un profundo anhelo de vivir en paz.
Las guerras de conquista y la creciente violencia antisemita son parte permanente de la época imperialista. También engendran luchas cada vez más profundas por parte del pueblo trabajador, abriendo la posibilidad para que los trabajadores tracen un camino a seguir.
La vía para acabar con los horrores de la guerra imperialista yace en la construcción de partidos obreros revolucionarios, con una dirección puesta a prueba y capaz de movilizar a la clase trabajadora en sus decenas de millones para arrebatar el poder político a los capitalistas que hacen las guerras, poner fin a la explotación y unirnos a la lucha por un mundo socialista. Para formar parte de esa lucha, únase al Partido Socialista de los Trabajadores.