Los golpes que Israel ha asestado en su guerra para derrotar decisivamente a Hamás tienen como objetivo impedir que este grupo tipo nazi lleve a cabo sus reiteradas amenazas de continuar lanzando pogromos contra los judíos hasta que logre otro Holocausto.
Estos avances están repercutiendo en toda la región. Contribuyeron a la caída del tiránico régimen de Bashar al-Asad en Siria, al debilitamiento del régimen reaccionario en Teherán y a la reanudación de las luchas del pueblo de Gaza para liberarse de Hamás.
Los dirigentes israelíes han dejado claro que tomarán las medidas necesarias para impedir que Teherán, el principal patrocinador de Hamás, obtenga armas nucleares.
Lo que está en juego para los trabajadores del Medio Oriente y del mundo entero es enorme. Otro Holocausto es posible mientras exista el capitalismo.
El desmantelamiento de Hamás aumentará el espacio político para que el pueblo trabajador del Medio Oriente —de todas las religiones y nacionalidades: árabes, judíos, persas, kurdos y otros— luche por sus intereses de clase comunes. Es el cimiento necesario para que se unan los trabajadores, adquieran más experiencia en la lucha de clases, desarrollen su conciencia de clase y agrupen a combatientes para forjar partidos obreros revolucionarios.
A medida que se está desarrollando esta batalla, el “orden” mundial capitalista se encuentra en una crisis cada vez más profunda, con agudos conflictos comerciales, crisis financieras, polarización de clases y una marcha hacia más guerras entre clases dominantes rivales, muchas de ellas armadas con armas nucleares.
La única fuerza capaz de detener esto es la clase trabajadora. Hoy en día, hay un repunte en las luchas sindicales y un número creciente de trabajadores ve la necesidad de que nuestra clase tome el poder político en sus propias manos.
La “cuestión judía” no solo se plantea en Israel. En tiempos de crisis profunda, los gobernantes capitalistas recurren al odio a los judíos y a matones fascistas para dividir a la clase trabajadora, desatar nuevos pogromos y aplastar a los sindicatos. Esto es lo que nos enseña la historia en la época imperialista.
Esta realidad subraya la férrea necesidad de que los trabajadores rompan con los partidos capitalistas y forjen sus propios partidos: partidos de la clase trabajadora lo suficientemente fuertes y firmes como para liderar a millones a derrocar el dominio capitalista. El establecimiento del poder obrero y el fin de la explotación capitalista abre el camino para erradicar para siempre la opresión nacional, incluido el odio a los judíos.
El gobierno de Estados Unidos sigue un rumbo contrario al de Israel. Washington pretende convencer al régimen en Teherán a aceptar un acuerdo que limite su programa de armas nucleares, con el fin de estabilizar la región e impulsar el comercio y la colaboración con los gobernantes iraníes, y lograr separarlos del principal rival de Washington: Beijing.
Los gobernantes capitalistas norteamericanos quieren restringir a Israel, presionando a su gobierno para que no realice un ataque militar para destruir las instalaciones nucleares iraníes.
La lucha para prevenir otro Holocausto es fundamental para la política mundial. Es inseparable de la lucha contra la opresión nacional, una lucha que la clase trabajadora debe defender mientras forjamos nuestros propios partidos, con un liderazgo puesto a prueba para trazar una trayectoria para avanzar.
Hay ejemplos que podemos emular: el Partido Bolchevique liderado por V.I. Lenin, que lideró a los trabajadores y campesinos de Rusia al poder en 1917, y el derrocamiento en 1959 de la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba, liderada por Fidel Castro, que condujo a la primera revolución socialista en América.
En Estados Unidos, el Partido Socialista de los Trabajadores es la continuidad de esas revoluciones. Es un partido internacionalista, solidario con las luchas obreras de todo el mundo. El PST exige que Washington retire sus vastas fuerzas militares —dirigidas, en última instancia, contra las rebeliones del pueblo trabajador— del Medio Oriente.
El PST destaca ante todo la capacidad de los trabajadores para tomar el poder político en Estados Unidos y unirse a la lucha para extender la revolución socialista a nivel mundial.