A continuación reproducimos la introducción de Mary-Alice Waters al nuevo libro Cuba y la guerra de independencia de Guinea-Bissau y Cabo Verde: La caída del último imperio colonial en África por Víctor Dreke. Waters es la editora del libro junto con Martín Koppel, un editor de Pathfinder. Ella es la presidenta de Pathfinder y miembro del Comité Nacional del Partido Socialista de los Trabajadores. Copyright © 2025 por Pathfinder Press. Reproducido con autorización.
Cuba y la guerra de independencia de Guinea-Bissau y Cabo Verde: La caída del último imperio colonial en África capta vivamente uno de los capítulos más importantes de la enorme ola de luchas anticoloniales y antiimperialistas que se extendió por el mundo durante y después de la Segunda Guerra Mundial.
Es un capítulo lleno de lecciones políticas para el pueblo trabajador. Y es también uno de los capítulos menos conocidos.
Este libro es un relato de primera mano de Víctor Dreke Cruz sobre esa lucha histórica. Siendo un comandante joven pero ya experimentado de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, Dreke dirigió la misión militar internacionalista de Cuba en Guinea-Bissau y la República de Guinea, países de África Occidental, en 1967 y 1968.
Esa misión, iniciada por los dirigentes cubanos Fidel Castro y Ernesto Che Guevara, brindó entrenamiento militar y asistencia médica a los cuadros del Partido Africano por la Independencia de Guinea y Cabo Verde (PAIGC) encabezado por Amílcar Cabral. Los combatientes del PAIGC lucharon para poner fin a 500 años de explotación y dominio colonial portugués. El triunfo del pueblo guineano contra ese régimen precipitó el colapso del último imperio colonial en África, y condujo a la independencia no solo de Guinea-Bissau en 1974 sino también, un año después, de Cabo Verde, Angola, Mozambique y Santo Tomé y Príncipe.
También provocó la caída del ya decadente régimen fascista en Portugal.
El relato de Víctor Dreke sobre ese hito decisivo no es una seca “historia”. Lo que cobra vida en estas páginas es el sentido de orgullo y confianza de un pueblo antes subyugado y explotado que lucha no solo por su propia libertad sino que, según lo expresó Cabral, comienza a verse como parte de los “soldados de la humanidad” y a actuar en consecuencia.
Junto a ellos, el lector también encontrará a los voluntarios internacionalistas de Cuba revolucionaria, quienes demostraron al mundo la solidaridad humana que son capaces de brindar los hombres y mujeres que se han transformado al llevar a cabo una verdadera revolución socialista.
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Durante los años 50 y 60, un tsunami de movimientos anticoloniales y antiimperialistas se propagó por Asia y el Pacífico, África, el Medio Oriente y el Caribe. Fue consecuencia de la propia Segunda Guerra Mundial. La segunda matanza interimperialista del siglo 20 fue desatada por potencias mundiales rivales con el propósito de redividir y saquear los mercados y recursos naturales del planeta. La guerra más mortífera en la historia de la humanidad extinguió las vidas de entre 70 y 85 millones de personas. La mayoría eran civiles.

Para comprender el carácter de clase de esa guerra, debemos agregar que la inmensa mayoría de esas muertes, tanto civiles como militares, fueron de trabajadores, campesinos y pequeños comerciantes. La humanidad oprimida y explotada de todas las razas y nacionalidades.
De las cenizas de la Segunda Guerra Mundial, el capitalismo norteamericano surgió como la potencia económica y militar predominante. Aún más importante, el orden imperialista mundial, nacido en los últimos años del siglo 19, había quedado enormemente debilitado. En el espacio de unos pocos años, los imperios coloniales erigidos (a través de siglos en algunos casos) por Portugal, España, Francia, Inglaterra, Holanda, Italia, Bélgica, Alemania, Japón y Estados Unidos se derrumbaron ante victoriosas luchas de liberación nacional por todo el mundo.
La correlación de fuerzas a escala internacional había cambiado.
El impacto de ese auge revolucionario alcanzó también los centros imperialistas. Inspiró batallas por los derechos, empleos y dignidad humana de nacionalidades oprimidas desde Irlanda hasta Quebec, Australia, Nueva Zelanda, las islas del Pacífico y otras partes del mundo.
Ante todo, los movimientos anticoloniales en África ayudaron a impulsar la batalla histórica que estalló dentro de Estados Unidos cuando los trabajadoras y trabajadores que eran negros, con creciente confianza y orgullo, hicieron frente a la clase gobernante imperialista más poderosa del mundo. A lo largo de una década de movilizaciones más y más potentes, derribaron toda la estructura capitalista de segregación racial llamada Jim Crow, la cual durante tres cuartos de siglo había dominado —y retrasado— las relaciones sociales en todo Estados Unidos. Su ejemplo, al demostrar lo que la clase trabajadora en acción es capaz de lograr, concientizó políticamente a toda una generación de jóvenes de todas las razas. Abrió paso a la integración racial del movimiento obrero moderno, y cambió para siempre las relaciones raciales y de clase en todo Estados Unidos.
Esta ola antiimperialista y anticapitalista alcanzó su apogeo con el inicio de la Revolución Cubana en las puertas mismas de Washington. El movimiento del pueblo trabajador cubano forjado bajo el liderazgo de Fidel derrocó en 1959 a la dictadura de Batista, apoyada por Washington, y dio pie a la primera revolución socialista en América. Para la clase dominante de Estados Unidos, ese fue un “crimen” que los dueños del capital y su gobierno no podrán jamás perdonar ni olvidar.
Solo en un año, en 1960, 17 nuevas naciones africanas establecieron su independencia, y otras 15 lo hicieron antes del fin de la década. En 1970, el único imperio colonial que aún seguía en pie era el más antiguo: Portugal.
Este libro trata sobre cómo los subvalorados súbditos del imperio portugués lo derribaron.
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Hay dos cosas en particular que sobresalen en este relato de Víctor Dreke, complementado por el último capítulo, que contiene reflexiones de otros voluntarios cubanos que también arriesgaron la vida en “Guinea portuguesa” o formaron parte de la dirección de esa misión internacionalista que duró ocho años.
La primera es la importancia política y la atención detallada que prestaron Fidel Castro, Che Guevara y otros dirigentes de la Revolución Cubana a las luchas de liberación nacional que recorrían África. Y la importancia que tuvieron esas luchas para educar al pueblo cubano sobre su propia historia y las realidades de la explotación capitalista.
Como reiteró Fidel repetidamente, la ayuda internacionalista del pueblo cubano a estas luchas era “saldar nuestra deuda con la humanidad”. Sin embargo, este curso de acción—desde Argelia hasta el Congo, Guinea-Bissau, Etiopía y Angola—no fue solamente un acto de solidaridad. También fortaleció al pueblo trabajador de Cuba y su revolución.
El ejemplo más conocido es el aporte que Cuba hizo a la defensa de Angola, recién independizada, frente a las múltiples invasiones por el régimen sudafricano del apartheid. Esa misión internacionalista abarcó 16 años, de 1975 a 1991. El héroe sudafricano Nelson Mandela destacó su importancia para toda África —y para el mundo— poco después de ser excarcelado en 1990, tras más de 27 años en las prisiones del apartheid.
Ante una multitud de decenas de miles de personas en Matanzas, Cuba, el 26 de julio de ese año, Mandela agradeció al pueblo cubano por su ayuda decisiva, incluida la participación de los 425 mil voluntarios que cumplieron misión en Angola, de los cuales más de dos mil dieron su vida allí. Él subrayó la “importancia verdaderamente histórica de su presencia y refuerzo” en la batalla de Cuito Cuanavale en 1998 en el sur de ese país.

«¡La aplastante derrota del ejército racista en Cuito Cuanavale fue una victoria para toda África!”, dijo Mandela ante el mundo. Representó “¡un punto álgido en la lucha por librar al continente y a nuestro país del azote del apartheid!” Fue igualmente importante el impacto de estas misiones internacionalistas dentro de Cuba misma. Centenares de miles de cubanos y cubanas, al participar en una o más de las 24 misiones realizadas por Cuba en África a lo largo de más de tres décadas, regresaron a su país como seres humanos transformados. Habían “ampliado su visión”, usando una de las frases favoritas de Malcolm X.
Las generaciones de cubanos que nacieron y crecieron después del triunfo de la Revolución Cubana sabían de la explotación capitalista únicamente por los libros y por los relatos de sus padres y abuelos. Para estos, vivir y combatir hombro a hombro con los pueblos del Congo, Guinea-Bissau, Etiopía, Angola y otros países fue una educación inolvidable sobre la barbarie del capitalismo. Profundizó su comprensión de lo que había logrado la revolución socialista en Cuba, el camino que había abierto.
Raúl Castro, entonces ministro de las Fuerzas Armadas Revolucionarias, lo expresó de la forma más clara posible en mayo de 1991, cuando recibió a los últimos combatientes voluntarios cubanos que regresaron de Angola. La Operación Carlota, según se denominaba la misión militar cubana en Angola, había concluido, dijo Raúl. Y él señaló su importancia con estas palabras:
“En los nuevos e inesperados desafíos, siempre podremos evocar la epopeya de Angola con gratitud, porque sin Angola no seríamos tan fuertes como somos hoy”, subrayó Raúl. “Si nuestro pueblo se conoce mejor a sí mismo, si conocemos mucho mejor de qué somos capaces todos nosotros”, dijo, “¡es también gracias a Angola!”
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La segunda cosa que sobresale en el relato de Dreke es la claridad programática, así como la capacidad y conducta, de Amílcar Cabral como principal dirigente de la lucha por la independencia de Guinea-Bissau y Cabo Verde.
Cabral fue asesinado en enero de 1973 en un operativo organizado por las fuerzas de inteligencia portuguesas. No vivió para ver el día en abril de 1974 cuando el erosionado régimen fascista en Portugal fue derrocado en un golpe militar, un golpe acelerado por la creciente desmoralización entre las filas y los oficiales de las fuerzas armadas a raíz de las derrotas que estaba sufriendo en Guinea.
El PAIGC y la lucha de liberación dirigida por sus cuadros superaron la pérdida de Cabral. Esto se debió ante todo a que la trayectoria política dirigida por Cabral había ganado no solo el apoyo sino la participación activa de números decisivos de guineanos y caboverdianos.
“No somos militaristas”, insistió Cabral, dirigiéndose a los cuadros del partido en 1966. “Somos militantes armados”, militantes políticos ante todo.
“Quizás decepcione a la gente, pero no soy un gran defensor de la lucha armada”, dijo ante un público estadounidense en 1972. “Estoy muy consciente de los sacrificios exigidos por la lucha armada. Es violencia hasta contra nuestro propio pueblo”. Si “fuera posible resolver estos problemas sin la lucha armada, ¿por qué no?” Pero una guerra de liberación “no es un invento nuestro”, dijo. “Es la exigencia de la historia”.
Cabral se expresó de forma aún más sencilla y clara al conversar en 1966 con aldeanos que se habían incorporado al ejército guerrillero en el frente norte del territorio guineano. “La lucha armada es muy importante, pero lo más importante de todo es una comprensión de la situación de nuestro pueblo”, les dijo.
“Nuestro pueblo apoya la lucha armada. Debemos asegurarles de que los que portan las armas son los hijos del pueblo y que las armas no son mejores que las herramientas de trabajo”, afirmó Cabral. “Entre un hombre que porta un fusil y un hombre que porta una herramienta, el más importante de los dos es el hombre con la herramienta. Hemos empuñado las armas para derrotar a los portugueses, pero la razón principal para expulsar a los portugueses es para defender al hombre con la herramienta”.
En una conferencia de dirigentes de las luchas de liberación en las colonias portuguesas, celebrada en Dar es-Salam, Tanzania, en 1965, Cabral explicó nuevamente la piedra angular política de la lucha en Guinea-Bissau y Cabo Verde: “No estamos luchando simplemente para izar una bandera y tener un himno nacional”. Estamos luchando, dijo, “para que nuestro pueblo nunca más sea explotado por los imperialistas, no solo europeos, no solo gente de piel blanca, porque no confundimos explotación o explotadores con el color de la piel de los hombres.
“¿Quién es este enemigo que nos domina?” preguntó Cabral. El enemigo “no es el pueblo portugués, ni tampoco Portugal”. Ni siquiera es el dictador fascista portugués António Salazar, dijo. “El enemigo es el colonialismo portugués”.

Portugal, subrayó Cabral, “es un país económicamente atrasado, donde un 50 por ciento de la población es analfabeta”. El hecho de que Portugal era (y sigue siendo) una sociedad dividida en clases significaba que los soldados portugueses capturados por las fuerzas del PAIGC frecuentemente eran analfabetos.
Los prisioneros de guerra portugueses no eran maltratados por los luchadores de liberación. Eran tratados con dignidad y respeto. A veces en los campamentos se mezclaban libremente con las fuerzas de liberación, compartían tareas cotidianas como la recolección de leña y cargando agua. Cuando se presentaba la oportunidad eran entregados a la Cruz Roja, no al ejército portugués. En este libro ¡hasta hay una foto que los muestra juntos jugando fútbol!
La lucha armada por la independencia se inició en 1963. Comenzó únicamente cuando el PAIGC comprobó —por experiencia propia desde su fundación clandestina en 1956, incluida la sangrienta supresión colonial de huelgas y protestas públicas— que no les quedaba alternativa.
En un país sin industrias y prácticamente sin clase trabajadora, decidieron que primero necesitaban ir al mato, aldea por aldea, y ganar apoyo entre la población de todas las tribus. Es lo que hicieron durante dos años, a la vez que organizaron células clandestinas en los centros urbanos. Enviaron a sus cuadros jóvenes a trabajar con los aldeanos rurales y aprender sobre las condiciones en que vivían. Lucharon para superar los antagonismos tribales que los portugueses fomentaban y aprovechaban para agudizar las divisiones.
Organizaron escuelas para niños y adultos; en Guinea el analfabetismo superaba el 99 por ciento. Crearon clínicas, brigadas sanitarias, milicias, consejos de aldea administrativos y estructuras judiciales. Incorporaron a las mujeres a estas actividades; abrieron paso a que las mujeres dirigieran. Y mucho más, como descubrirán los lectores en este relato.
“Decidimos movilizar a la población en el mato”, explicó Cabral. “Mucha gente cree que llegamos a esta decisión aplicando las teorías de Mao Zedong o quien sea, pero en esa época ni sabíamos quién era Mao Zedong. Las necesidades de nuestra tierra nos llevaron a tomar esta decisión”, dijo Cabral, “y nuestros propios tropiezos nos mostraron el camino”.
La palabra de orden que guiaba a los cuadros del PAIGC era: “No oculten nada de las masas de nuestro pueblo. No mientan. Combatan las mentiras cuando se digan. No disfracen dificultades, errores y fracasos. No se atribuyan victorias fáciles”. Esa advertencia expresa la misma confianza en los explotados y oprimidos que la que guió a los hombres y mujeres del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra de Cuba.
En septiembre de 1973, más de seis meses antes de la caída del régimen portugués, el PAIGC logró organizar una asamblea nacional de representantes de los organismos administrativos de las aldeas en los territorios liberados. Los delegados electos de estas zonas declararon que Guinea-Bissau era un país independiente. Aun antes de que Portugal reconociera su independencia formal, estas zonas liberadas ya abarcaban dos terceras partes del país.
Es evidente por las acciones y las palabras de Amílcar Cabral que él era un materialista consciente, un materialista dialéctico e histórico. Estaba cómodo con lo que había leído de Marx y Engels, y lo había interiorizado. En un país aún caracterizado en muchas regiones por relaciones sociales anteriores a la sociedad de clases, Cabral comprendía y explicaba de manera clara y sencilla, ante públicos de todo tipo, que la historia y evolución de la humanidad se basa en el desarrollo de las fuerzas productivas. La historia no comienza con el surgimiento de las divisiones y opresión de clase. Por tanto, los antagonismos sociales y económicos de la sociedad capitalista no son eternos, y pueden ser transformados por la acción revolucionaria de las masas trabajadoras.
Cabral instó a los jóvenes, independientemente de sus convicciones religiosas, a que estudiaran la ciencia, a que superaran los temores tradicionales a la naturaleza. A que estudiaran y aprendieran a partir de sus contactos con otras sociedades. Insistía en que —al margen de las similitudes entre las diferentes luchas de liberación nacional— los dirigentes de cada lucha debían comenzar con una comprensión del carácter singular de la historia y el desarrollo económico de su pueblo.
A los que condenaban todo lo que fuera portugués, Cabral explicaba que el capitalismo en Europa y el mundo había jugado un papel inmenso e irremplazable en la evolución de la humanidad y en el mejoramiento de la vida de las personas. El capitalismo en un momento había sido la fuerza más productiva del planeta. Pero eso había cambiado de manera fundamental con el surgimiento de la época imperialista.

“Al tiempo que nos deshacemos de la cultura colonial y de los aspectos negativos de nuestra propia cultura”, dijo Cabral al pueblo de Guinea-Bissau y Cabo Verde, “tenemos que crear una nueva cultura, también basada en nuestras tradiciones, pero respetando todo lo que el mundo actual ha conquistado para beneficio de la humanidad”.
“El patriotismo o la sinceridad de una persona no se puede medir por el color de su piel, por su nombre o por la forma en que se viste”, explicó Cabral. “Algunos entre nosotros creen que porque su nombre es N’Tan Passa, Keita o Bubacar, o lo que sea, son más guineanos que alguien que se llama Lourenço Marques o Lúcio Vieira, que son nombres de blancos. No es cierto. El nombre no hace que una persona sea más hijo de su tierra, que tenga más derecho a la tierra, que sea más amigo del pueblo.
“Lo importante no es el nombre o el color de la piel. Lo importante es lo que la persona tiene en su cabeza y en su corazón, el trabajo de cada día que lo hace un verdadero hijo de la tierra”.
Al hablar con un grupo de luchadores por los derechos de los negros durante un viaje a Estados Unidos en octubre de 1972, Cabral respondió a la pregunta de una simpatizante norteamericana sobre la situación de la mujer. “Sí, hemos logrado grandes avances, pero no lo suficiente”, contestó. “Estamos muy lejos de lo que queremos hacer. Pero esto no es un problema que pueda ser resuelto si Cabral firma un decreto. Forma parte de todo el proceso de cambiar las condiciones materiales de nuestro pueblo”.
Durante ese viaje a Estados Unidos Cabral también respondió a una pregunta sobre el panafricanismo. “El panafricanismo es una idea bonita, pero tenemos que trabajar para lograrla”, dijo. Le recordó al público que en muchos de los países africanos recién independizados, “solo reemplazaron a un blanco con un negro, pero para el pueblo sigue igual”. En un discurso anterior él explicó, “Estamos a favor de la unidad africana cuando beneficia a los pueblos africanos. Para nosotros la unidad es un medio, no un fin. No debe traicionar ese fin. Por eso no tenemos mucha prisa para alcanzar la unidad africana”.
En su discurso de 1965 ante la conferencia en Dar es-Salam de movimientos de liberación en las colonias portuguesas, Cabral subrayó que “nuestra lucha armada es solo un aspecto de la lucha general de los pueblos oprimidos contra el imperialismo, de la lucha del hombre por la dignidad, la libertad y el progreso. Hoy día en el vasto frente de lucha en África, debemos considerarnos soldados, muchas veces anónimos, pero soldados de la humanidad”.
Dada la base materialista y la claridad de clase que guiaban la trayectoria política de Cabral, no es ninguna sorpresa que a veces le preguntaran si él era marxista. Es un placer leer su respuesta a esta pregunta en un evento público en Londres en 1971.
“¿Es el marxismo una religión?” le preguntó Cabral a su interlocutor. “Yo soy un luchador por la libertad en mi país. Usted debe juzgar por lo que hago en la práctica. Si usted decide que es marxismo, dígale a todo el mundo que es marxismo. Si decide que no es marxismo, dígales que no es marxismo. Pero los rótulos son asunto suyo; a nosotros no nos gustan esos rótulos.
“La gente aquí está muy preocupada con las preguntas:
¿son ustedes marxistas o no son marxistas?” agregó. “Por favor, solo pregúnteme si vamos bien en nuestro terreno. ¿Estamos realmente liberando a nuestro pueblo, a los seres humanos en nuestro país, de todas las formas de opresión?
“Pregúnteme simplemente eso, y saque sus propias conclusiones”.
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Cabral no solo acogió con entusiasmo la ayuda internacionalista que el movimiento de liberación recibió del gobierno y el pueblo de Cuba. Él se veía atraído al ejemplo político de la Revolución Cubana y su dirección.
“Si alguno de nosotros llegó a Cuba con dudas sobre el carácter arraigado, la fuerza, la madurez y la vitalidad de la Revolución Cubana”, dijo Cabral en enero de 1966, “esas dudas fueron despejadas por lo que ya hemos presenciado”. Él estaba presentando uno de los principales discursos de la Conferencia Tricontinental en La Habana, que había congregado a unos 500 delegados de más de 80 países del mundo.
“La vanguardia de la Revolución Cubana ha movilizado, organizado y educado políticamente al pueblo”, dijo Cabral. Lo ha “mantenido permanentemente informado sobre los problemas nacionales e internacionales que afectan su vida”, permitiéndoles “participar activamente en la solución de esos problemas.
“Es una lección para todos nosotros, pero especialmente para los movimientos de liberación nacional, y específicamente para aquellos que quieren que su revolución nacional sea una verdadera revolución”.
Como lo demuestran estos pocos ejemplos y otros que aparecen en el relato de Víctor Dreke, lo que distinguió la trayectoria política de Amílcar Cabral como dirigente del PAIGC fue su confianza en las capacidades revolucionarias de los explotados y oprimidos. No debe sorprendernos que Fidel y Che reconocieran en Cabral un alma afín y que enviaran a algunos de los mejores y más fogueados cuadros de la Revolución Cubana para asistirlos. Para luchar junto a ellos, como insistió Cabral, y no luchar por ellos.
En el transcurso de los ocho años de la guerra de independencia, unos 400 voluntarios internacionalistas cubanos combatieron, en un momento u otro, junto a las fuerzas de liberación de Guinea y Cabo Verde. Vivieron al máximo la convocatoria a la acción de Fidel:
“Quien no esté dispuesto a combatir por la libertad de los demás no será jamás capaz de combatir por la propia”.
30 de septiembre de 2025
