La cumbre del G20, celebrada del 22 al 23 de noviembre, dejó al descubierto la amenaza de nuevas guerras y los crecientes conflictos entre las potencias capitalistas por la supremacía económica y dominación política.
Washington se negó a asistir, mientras que los gobiernos de Brasil y Sudáfrica, país anfitrión, aprovecharon la reunión para reafirmar su pretensión de convertirse en creciente contrapeso a los gobernantes estadounidenses. Junto con Beijing, Moscú y los otros miembros del bloque BRICS, colocaron lo que llaman una “emergencia de desigualdad” global en el centro de la reunión.
El G20 fue creado en 1999 por las principales potencias capitalistas mundiales para intentar reestabilizar su sistema tras la crisis financiera asiática.
Después del estallido de la aún más profunda crisis del 2008, sus reuniones anuales empezaron a ser dirigidas por los presidentes y primeros ministros de los países miembros, y el organismo fue convocado por el presidente George W. Bush.
En 2025 “las crecientes presiones geopolíticas tensan aún más la capacidad del grupo de llegar a un consenso”, dijo el Council on Foreign Relations de Estados Unidos en lenguaje diplomático. “La rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, las profundas divisiones entre los miembros del Grupo de los Siete y Rusia por la guerra en Ucrania, y conflictos más amplios, como el enfrentamiento entre Israel y Hamás, han complicado los esfuerzos por lograr resultados unificadores”.
En realidad el G20 se está desintegrando a medida que la crisis capitalista y los conflictos actuales se profundizan, y la amenaza del fascismo y la guerra crece inevitablemente.
El bloque BRICS fue establecido por Beijing y Moscú en 2009. Incluye a los gobernantes de Brasil, India y Sudáfrica. Desafía la supremacía mundial de Washington, y pretende hablar por los oprimidos del “Sur Global”.
Días antes de la cumbre del G20, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, y el de Sudáfrica, Cyril Ramaphosa, junto con Pedro Sánchez, primer ministro español, emitieron una declaración sobre sus intenciones para con el G20. Publicada prominentemente en el Financial Times del 20 de noviembre, declaraba: “Los altos niveles de desigualdad son la raíz de nuestras crisis económicas, políticas, sociales y ambientales”, y esto “amenaza la propia democracia”.
Dicen que el camino para erradicar la desigualdad es la “cooperación ilustrada”, en contraposición al “unilateralismo”, con lo que se refieren a Washington como potencia dominante.
Pero Lula, Ramaphosa y Sánchez son millonarios que gobiernan naciones capitalistas más débiles en las que la desigualdad y la polarización de clases están aumentando; una consecuencia ineludible de la explotación capitalista. Ramaphosa, quien fue líder del sindicato de mineros durante la lucha contra el apartheid, ha acumulado desde entonces una inmensa fortuna a costa de los trabajadores de Sudáfrica, y figura regularmente en las listas de las personas más ricas del continente.
‘Expertos’ sobre desigualdad
Un estudio presentado en la cumbre por un “Comité Extraordinario de Expertos Independientes sobre la Desigualdad Global” afirmó que la “desigualdad” es peligrosamente alta y que solo ha disminuido “debido en gran parte al desarrollo económico en China”.
Los gobernantes de Beijing, capitalistas de estado, buscan extender su influencia y asegurarse aliados para contrarrestar la supremacía del imperialismo estadounidense. Presentan el comercio y otros vínculos con China como el camino para las naciones capitalistas menos desarrolladas.
Tanto Beijing como Moscú apoyaron la declaración final de la cumbre, que condenaba “medidas comerciales unilaterales” refiriéndose a los aranceles impuestos por el presidente Donald Trump. A diferencia de ocasiones anteriores, la declaración se adoptó el primer día de la reunión, como si lo que venía a continuación era solo un espectáculo.
Reflejando los intereses de Moscú, la declaración solo mencionaba de pasada la guerra en Ucrania, sin referencia alguna a la criminal invasión e intento de conquistar al pueblo ucraniano.
La declaración también pide la paz en “el Territorio Palestino Ocupado”; una referencia a lo que en realidad es Israel. Ramaphosa afirmó que esta declaración fue adoptada por unanimidad. Sin embargo, Argentina votó en contra y la administración Trump, que no estuvo representada, dejó claro que no estaba de acuerdo con esta y otras partes del documento.
Ronald Lamola, ministro de asuntos exteriores sudafricano, dijo en la reunión: “El G20 no gira en torno a Estados Unidos”, añadiendo con arrogancia, “los que estamos aquí hemos decidido que este es el camino que debe seguir el mundo”.
Pero ninguno de estos gobernantes es capaz de reemplazar el poder militar y económico del imperialismo estadounidense, a pesar de su relativo declive. Una reunión de potencias capitalistas que trata de ocultar los conflictos de intereses nacionales tampoco podrá trazar un nuevo camino para lo que Lamola llama “el mundo”.
El gobierno de Trump, que después de la reunión asumió la presidencia del G20, dice que prohibirá la participación de la delegación sudafricana en la cumbre del próximo año. También excluirá a funcionarios de las Naciones Unidas y reducirá las invitaciones a los estados no miembros del G20. Todos los habituales talleres sobre “cambio climático” y otros temas “progresistas” serán eliminados y la agenda se limitará a “enfatizar el crecimiento económico”.
Raíz de la crisis: la explotación
Todos los gobiernos usan las cumbres del G20 para posicionarse mejor. La hipocresía que caracteriza estas reuniones quedó de manifiesto con la agenda sobre la “desigualdad” presentada por Ramaphosa. ¡La única propuesta concreta surgida del informe sobre “desigualdad” fue la creación de un panel permanente para investigar la “desigualdad”!
La crisis que enfrenta el pueblo trabajador se está profundizando. La Organización Mundial de la Salud informa que el número de personas que carecen de acceso a electricidad aumentó en 2024 a 730 millones, 55 millones más que en 2021. Una de cada cuatro personas en el mundo (2,100 millones) carece de acceso a agua potable.
Ninguno de los gobiernos representados en la reunión del G20, ni los gobernantes estadounidenses, están interesados ni son capaces de abordar este problema. De hecho, su sistema es la causa.
“Quienes viven en un palacio no piensan en las mismas cosas ni de la misma manera que quienes viven en una choza”, explicó Thomas Sankara, dirigente comunista de la revolución de 1983-87 en Burkina Faso.
Se necesitarán revoluciones socialistas para poner fin a las condiciones intolerables que enfrenta el pueblo trabajador bajo el capitalismo.
